Ya era tarde, no sé muy bien que hora era, pero entre el rumor suave del oleaje la luna nos miraba con su impacto dorado, haciendo brillar tus muslos. Yo aún estaba despierto, frente a tu cuerpo que dormitaba, sentado, con el cuerpo echado hacia un lado, sosteniendo mi peso con una mano estirada sobre la arena. Pasé toda la noche contemplando como dormías, tu tez firme, tus rosados pómulos que se deslizaban entre el sinuoso ir de tus labios, tu cuello que relucía bajo el resplandor de la luna como el trigo recién cribado, enlazando esotéricas sombras sobre el decaer de tu tripa, dejando una gota de deseo entre el relucir de tu bikini, entre el resoplar suave del aire acariciando tus muslos, proviniendo éste del liento sentir de tus labios.
Me pasé toda la noche como un ser único en medio de aquella playa, teniendo tu cuerpo para mí, para contemplarlo eternamente, para decirle cosas al oído en un susurro, para ser injusto y mentirte, pues tenía ganas de que despertaras, no solo para besarte, sino para decirte " te quiero" cuando en realidad te amo.
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