lunes, 17 de enero de 2011

Una vida y un día.

La noche cayó sobre el cielo, amaestrando las nubes bajo el correr trémulo del viento inerte, creando en el ambiente un idílico aroma a fragancias frescas que emanaba de tu piel. A lo lejos se podía oír el roce suave de las olas chocando contra el mar, evaporándose las notas lentamente, adheridas a un ritmo constante y mágico. Sobre la playa estaba tu cuerpo, adormecido, empolvado del claro espesor de la arena que creaba sobre tu morena tripa un camino sencillo que nacía bajo tu barbilla e iba a parar al abismo de tu fino ombligo de tiernas sombras.
Ya era tarde, no sé muy bien que hora era, pero entre el rumor suave del oleaje la luna nos miraba con su impacto dorado, haciendo brillar tus muslos. Yo aún estaba despierto, frente a tu cuerpo que dormitaba, sentado, con el cuerpo echado hacia un lado, sosteniendo mi peso con una mano estirada sobre la arena. Pasé toda la noche contemplando como dormías, tu tez firme, tus rosados pómulos que se deslizaban entre el sinuoso ir de tus labios, tu cuello que relucía bajo el resplandor de la luna como el trigo recién cribado, enlazando esotéricas sombras sobre el decaer de tu tripa, dejando una gota de deseo entre el relucir de tu bikini, entre el resoplar suave del aire acariciando tus muslos, proviniendo éste del liento sentir de tus labios.
Me pasé toda la noche como un ser único en medio de aquella playa, teniendo tu cuerpo para mí, para contemplarlo eternamente, para decirle cosas al oído en un susurro, para ser injusto y mentirte, pues tenía ganas de que despertaras, no solo para besarte, sino para decirte " te quiero" cuando en realidad te amo.

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