En la noche, el alcohol, como cualquier otro veneno, es el vivir acuoso de los jóvenes. Es una locura sentir que te inunda, que te embriaga con su golpetazo seco e intenso que te aturde y todo se descontrola: la noche deja de ser oscura y las luces de la calle empiezan a correr siguiendo los pasos de la gente. Junto a los escaparates, el reflejo de mohines varios son la estampa matutina del declive social, se caen los más torpes, se levantan los más apasionados, se colocan su atuendo mirando a los lados como distraídos y se cogen de la mano aunque no se conozcan.
Junto al hilillo de luz parpadeante que grita con destellos dorados, entre los saltos desproporcionados de los jóvenes que celebran algo, sientes el fin de una era. El revolotear de manos que nada les importa y se cuelgan de los hombros de cualquiera, mujeres que se enganchan en la solapa de tu camisa, te dicen cosas al oído y te embelesan; labios que se oprimen contra otros labios, los mismos que habían derramado suavemente alcohol entre su tacto, caer entre el humo del tabaco rubio que exhalan bocas carcomidas, las cuales te piden una reconciliación con tu pasado y gritan por un beso, gritan tambaleándose, entre el salpicar de los ojos moribundos de alguien que ha probado demasiado veneno, alguien que también ama a alguna mujer, que también piensa en algunos labios que por allí se trastabillan o en la falda de menganita, es un hombre que suspira por los senos tersos que le rozaron al intentar escabullirse entre la muchedumbre, un hombre que se siente único e irrepetible porque el alcohol le ha mareado tanto como para caer sin querer sobre los brazos de cualquier mujer que busque ser besada.
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