martes, 11 de enero de 2011

Hablo de cosas inevitables, como por ejemplo quererte.

Se subió a un bordillo. Yo me quedé a contemplarla desde abajo, con los ojos entornados, moviendo lentamente la cabeza hacia los lados con un gesto de incredulidad ante la mujer que tenía en frente de mí. Su voz me lisonjeó desde la lejanía, y en mi rostro brotó una sonrisa que no pude evitar; hubiera querido frenarla, parecer enfurecido: pero imposible. Ahora ella intenta asir mi chaquetón para empotrarme contra su cuerpo y que la bese. Se quiere quedar enredada entre el espesor de mi aroma, quiere estar pegada a mis labios durante el creciente tiempo eterno; uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde, pensé. Yo no quiero saber lo que tengo, no quiero perderte, pensé de nuevo. No hablé en alto porque aún estamos conociéndonos (si es que se puede afirmar esto sin estar mintiendo). Todavía siento la frivolidad de ese miedo a perder que yace inherente a cada palabra, se puede palpar el respeto mutuo, los silencios que emergen de la nada como deseos de besarse.
Cuando el viento se enfureció (ha ocurrido hace un momento), su pelo se movió sin control dejándome ver a duras penas una mirada intensa, como si el mar brotase de sus ojos; sus rubios mechones ondeando al son del aire justo delante de su cara, creando una dorada barrera que me aleja de sus labios.
Está agotada. Espero que nunca lo esté de amarme. Nunca. Jamás. Está tan agotada que ha posado la cabeza sobre mi pecho y mis manos tienden a acariciar sus orejitas y mis labios besan su nariz de niña. Se sonroja. Es encantadora. No te vayas nunca de mis brazos por favor. Nunca. Jamás. Quédate conmigo. Que la realidad sea eterna. No quiero volver a imaginarte y no tenerte. Llorar tu ausencia sumido en la penumbra, tumbado sobre la cama, con los brazos abiertos, sintiendo el rudo tacto de la pared pulverizando mis nudillos. Y mis ojos encharcados. Mi corazón roto en mil pedazos, la dejadez, la falta de ganas de seguir buscando la luz del día. No quiero que te alejes de mi lado. No sé si lo he dicho, pero por si acaso: quédate conmigo. Por siempre.
Me acabas de oír hablarte al oído, muy bajito, tan bajito que ni siquiera sé cómo has percibido mis palabras. Pero me has oído. ¿Será verdad que la gente solo oye lo que quiere? Te acabo de decir: te quiero.

No hay comentarios:

Publicar un comentario