Mi goma es nueva, de color rosáceo, me ha dejado el papel lleno de pequeños grumos. Cuando hube soplado, me decidí a escribir otras líneas, pero obtuve el mismo resultado: vengo de comprar otra goma.
Si te tuviese aquí, a mi lado, acurrucada sobre mi hombro, sabría perfectamente qué decirte al oído; me inspiran tus cabellos vistos desde el ángulo mas alto de mi mirada. Podría susurrarte miles de cosas, pero nunca sería capaz de borrar mis palabras, por lo que te pido perdón si te hago enfadar. Si te enfado, quéjate; regáñame; muérdeme el labio. Yo ya sé lo que es hacerse con el tacto de tus mofletes entre mis dientes. Como en el amparo de aquella noche, ¿Te acuerdas? Yo pensaba que me querías y me enteré de que me odiabas. Tendría que haberte mordido fuertemente para que cuando me olvidases el dolor te encomendase mis recuerdos. ¡Fui tan inútil! Para serte sincero, sigo siéndolo; a penas he cambiado. Ahora escribo en mis ratos libres, antes escribía justo después de estar contigo. Ya no hago eso. Podría ser el fin de mi afición literaria. La razón es bien sencilla: quiero estar contigo SIEMPRE.
Ahora estás ausente. Yo en mi esquina dorada creyéndote cercana, pensando que estás aquí y acaricias mi cuello. Deja mi cuello y agárrame con fuerza la mano, eso me hace sentir adherido a la vida, a tu vida. ¡Qué de tonterías digo! Si no estás. ¿Por qué te creo aquí conmigo? Serán mis ganas que están incontrolables. Vente conmigo. Sé que no me oyes pero, por favor, cariño, haz más dorada esta esquina, tráete tus cabellos, háblame con tu voz divina.
La luz nos sobra, duérmete sobre mi pecho.
Dale la carta. Si no se quedará toda la vida esperándola.
ResponderEliminar