sábado, 5 de marzo de 2011

El miedo y el amor son fuerzas contrapuestas

Sobre las nueve menos dos minutos de la mañana de un miércoles como hoy, el carril bici de la universidad parece el Circuito de Montecarlo en estado puro. Los pies frenéticos de mujeres y hombres anónimos se tensionan e imprimen mayor potencia en sus pedales con el único propósito de no llegar tarde a sus lecciones. Por aquel entonces a mí aún me queda un largo tramo de acera por recorrer hasta llegar a mi clase. Hoy llegaré tarde. Pero no pasa nada. Los profesores también tienen miedo, también son personas, ellos saben perfectamente lo que es cruzar las calles contemplando esos destellos ígneos que se mueven de un lado a otro sintiéndose uno un tanto perplejo. Sobre las nueve y dos minutos ya no hay rastro de los ciclistas presurosos. Ahora se pueden ver a los que, como yo, ya han asumido que van a llegar tarde por lo que no pedalean con ímpetu, sino que más bien parecen pasear bajo los primeros destellos de la mañana.
Alrededor de las nueve y cuarto una sonrisa fidedigna se ha instaurado en mi semblante. Hacía ya un rato que había decidido (voy a ser irónico), a regañadientes, que no iba a asistir a mis clases de hoy. Bajé, pues, por el entramado de las calles pensando en mi rocambolesca vida y en una sonrisa de esas que no tienen parangón. Y me detuve delante de un escaparate. Y entré en la tienda y compré rosas. Rosas rojas. Y abordé la ciudad con mis pies, a pasitos lentos, sonriendo.
"Cállate" me dije tras cuatro horas seguidas en silencio, paseando por la ciudad a solas, sin más compañía que mis ganas de que llegase el momento de verla. Pero no llegó. Porque la tarde se turbó de un gris oscuro, mis manos se hicieron débiles, y por culpa de mis recuerdos y mi pasado, no pude impedir acomodarme en un banco en cualquier parte y llorar de pena por todos los malos recuerdos.
Ésta hecatombe personal empezó como un dolor anecdótico, y me senté en un parque a descansar. Aún agarraba con fuerza mis rosas. Rosas rojas. Pero no pude controlar el miedo, mis recuerdos más dolorosos se aunaron y me hicieron desconsolarme provocando, sin remedio, que dejase caer las rosas, las cuales pisoteé en un descuido. Lloré durante un tiempo inconmensurable.
"Quédate conmigo..." dije en voz baja. Nadie me contestó; estaba solo. Y la soledad me entristeció aún más, había sido mi única compañera durante la ausencia de ella. 

“El pasado ya murió” pensé. Y como si de un abrazo de apoyo que procura dar fuerzas se tratase, se levantó una cálida ventisca que, abrazándome, me supuso mucho más que un alivio instantáneo.

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