Alrededor de las nueve y cuarto una sonrisa fidedigna se ha instaurado en mi semblante. Hacía ya un rato que había decidido (voy a ser irónico), a regañadientes, que no iba a asistir a mis clases de hoy. Bajé, pues, por el entramado de las calles pensando en mi rocambolesca vida y en una sonrisa de esas que no tienen parangón. Y me detuve delante de un escaparate. Y entré en la tienda y compré rosas. Rosas rojas. Y abordé la ciudad con mis pies, a pasitos lentos, sonriendo.
"Cállate" me dije tras cuatro horas seguidas en silencio, paseando por la ciudad a solas, sin más compañía que mis ganas de que llegase el momento de verla. Pero no llegó. Porque la tarde se turbó de un gris oscuro, mis manos se hicieron débiles, y por culpa de mis recuerdos y mi pasado, no pude impedir acomodarme en un banco en cualquier parte y llorar de pena por todos los malos recuerdos.
Ésta hecatombe personal empezó como un dolor anecdótico, y me senté en un parque a descansar. Aún agarraba con fuerza mis rosas. Rosas rojas. Pero no pude controlar el miedo, mis recuerdos más dolorosos se aunaron y me hicieron desconsolarme provocando, sin remedio, que dejase caer las rosas, las cuales pisoteé en un descuido. Lloré durante un tiempo inconmensurable.
"Quédate conmigo..." dije en voz baja. Nadie me contestó; estaba solo. Y la soledad me entristeció aún más, había sido mi única compañera durante la ausencia de ella.
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