Lo he estropeado todo poniendo mi fe ciega en un proyecto un tanto confuso. Soy idiota. Pero fue inevitable, la noche estaba fría y el alcohol no saciaba la suficiencia absoluta del corazón. Recordé unos ojos marrones embobados con el vaivén de mi sonrisa, unas manos vigorosas y sin contemplaciones haciéndose paso bajo el dulce tacto de mi ombligo y olvidé el porqué de la alegría de estos matices relevantes en mi bienestar.
Pronto me dejé caer en el presente, con una mano levantada, agitándola con fuerza hacia los lados, como enloquecido por el hilillo musical que estremecía mi cuerpo. Cuando quise darme cuenta ya no era dueño de mis actos, mi cuerpo se movía promovido por el placer de lo acuoso y prohibido, por las risotadas del enclave juvenil más allá de lo que mis ojos llegaban a apreciar con nitidez. Pero la confusión se hizo clara no muy tarde. Exactamente cuando ella entró por la puerta sumergida en la extraña behetría de su peinado idílico, dejando entre sus facciones un toque encantador a la par de dorado. Sus ojos eran el caer suave del mar contra las rocas, sus labios el mismísimo fervor del pecado, sus piernas quedaban recortadas por una insinuante falda que era el fin de una chaqueta en negro, una camiseta de tirantes en blanco y unas manos pequeñas pero provistas de una fuerza capaz de capitular mi dilema moral. Encorvaba las piernas con un gesto delicado dejando caer más una rodilla que la otra, dirigiendo sus pies hacia dentro, mostrándose un tanto nerviosa y dubitativa.
Cuando la noche cayó, me empujaron al pecado y yo me dejé. ¡Como para no dejarse! Imposible decir que no al dócil sonido de su voz en la lejanía, una lejanía que pronto se borró. Porque yo sé jugar al despiste. Y quise aparentar estar perdido para que ella me encontrase en la penumbra de un habitáculo de cuatro esquinas. Su aliento fluyó en mi oído y pronunció una invitación a que ambos saliésemos a la calle. ¡Que frio hacía! Pensé en pedirle calor pero la confianza entre nosotros aún era de carácter infinitesimal. Fuimos a parar a la complacencia de un banco calcáreo en medio de un parque olvidado, custodiados por las miradas de jóvenes embriagados por el alcohol que se hacían casi imperceptibles entre las sombras. Pero no nos importó. Yo prefería estar pendiente del espacio terso de sombra que se oscurecía detrás de su pequeña nariz, o de sus labios; para que cuando atisbase un pequeño resquicio de deseo en sus pómulos rosados, lanzarme a sus brazos pidiendo clemencia y que, por favor, no me hicéise esperar más por un beso.
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