viernes, 14 de enero de 2011

Dejad paso al amor justo:

Hoy la tierra y los cielos me sonríen,
hoy llega al fondo de mi alma el sol,
hoy la he visto..., la he visto y me ha mirado...,
¡hoy creo en Dios!
Gustavo Adolfo Bécquer

He aquí unos bellos versos de un viejo Romántico; una rima simple, libre, ligera, calada del sentimentalismo agónico que caracterizaba a esa generación de escritores cuyo dolor existencial era fruto del amor, de la pasión, de esa lanza punzante que les oprimía y sumía en un deseo imperioso de lanzarse al abismo de la muerte. Fueron sus obras meros estertores plagados del duro faenar por sobrevivir con su amor ausente, imposible, con esa incapacidad de alcanzar el ideal de sus vidas: una mujer que lo era todo. Ante esta imposibilidad, sin importarles nada, acabaron quitándose la vida para vencer el dolor amoroso, para alcanzar el alivio en el descanso eterno; en mi opinión, una manera cobarde de huir de la angustiosa realidad. No sé qué dicen los libros de texto, pero yo hoy tengo los suficientes argumentos para decir que los viejos Románticos murieron por amor.
Pero eso ha cambiado, esos Románticos estúpidos que se quitaron la vida por un amor imposible pasaron a la historia, nos quedan sus poemas, sus dulces versos y textos en prosa plagados de sentimientos que pueden llegar a erizar tu piel, pero bajo ningún concepto nos han dejado un ideal de vida. La idea de lo que un Romántico es, por suerte, ha cambiado.
Para mí el Romántico no es aquel que muere por amor, sino el que muere de amor. Como si el amor fuese una mera enfermedad que te infectase allá por la más tierna juventud, aferrándose a tu corazón, calándote con sus ambiguos efectos. Es una enfermedad cuyo insecto vive dentro de ti, como un parásito, y cada día va matándote un poco. Pero eso sí, es una muerte bastante dulce pues te mata a golpes de felicidad, de buenos momentos, de vivencias inexplicables que te llenarán el rostro de sonrisas, el corazón de buenas sensaciones; te hará querer ser cuidado (como si de una madre que cuida a su hijo enfermo se tratase) por otra persona eternamente. Pero todo se acaba, incluso la vida y el amor; y cuando uno ha decidido morir de amor y la muerte llega, también siente que se le para el corazón; pero ya no hay cobardía, sino naturalidad. Esta muerte coincide con la muerte natural, con el momento que cada uno tiene predestinado; nada de deshacerse de su propia vida como hacían los viejos Románticos, los nuevos, esos sí que saben disfrutar del amor verdadero; un consejo para los viejos Románticos: el que la sigue la consigue. Y si se quiere de verdad, uno nunca se cansa de seguir ese amor eterno.

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