jueves, 20 de enero de 2011

Abril de 2010. Ni el amor entiende de edades, ni yo entiendo de amor.

Ayer lo hice. No pude evitarlo. Tenía tantas ganas de verla que antes de que el sol se fuese me arrastré cual malévolo hombre de paso firme entre el entramado de la ciudad para sentarme justo en frente del lugar exacto por el que yo sabía que ella pasaría. Estuve alrededor de tres horas esperando.
La verdad, hacía frio. Me era tan triste sentirlo y no tenerla. Dónde quedaron esos momentos en los que, cuando el frio empezaba a azotar, ella se mostraba ávida en abrazos y carantoñas que me hacían sentir casi febril. Dios mío, no puedo escribir esto, ¡Qué de recuerdos! Pero ya no la tengo, y si ella es feliz sin mí, pues si hace falta desaparezco. La quiero tanto... si es que la quiero tanto que si ella es feliz ya me basta... aunque yo tenga que estar tan triste o irme de su lado para siempre...
Esta tristeza se compensa en cierta medida cuando la veo pasar por ese punto exacto que cruza todos los días, con su paso raudo, con su mirada inocente, sus labios finos, su andar burlón...
En esos momentos me gustaría asaltarla en mitad de su camino y preguntarle cosas como: “Por qué ya no me quieres mujer de ojos aguamarina. Por qué ya no me coges de la mano para no soltarme, por qué ya no te burlas de mi, o me ninguneas con palabras irónicas... por qué ya no acudes a mis brazos en busca de tenues mocedades, por qué ya no me robas un beso de la boca, por qué ahora ya no eres mas que un dolor patente, una sonrisa perdida y un amor perecido, pero eso sí, no olvidado”

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