jueves, 27 de enero de 2011

Manual para torpes:

- Imbécil.
Y a la sombra de esta palabra, como un complemento indispensable a ella, el rudo y puntiagudo índice ajeno me señaló con ahínco. Esto me ocurrió una vez, y dos, y tres, y cuatro, y cinco, y seis... y cuando quise darme cuenta este adjetivo empezaba a acomodarse bajo el desdén de mi impasible rostro: con el tiempo empecé a aceptar que me llamasen imbécil (y derivados) siempre por la misma causa.
- Imbécil.
Una vez más llegó esta palabra a mi oído como llega el sábado a la semana, como algo irrefrenable y habitual a lo que uno se acostumbra. Pero cierto día (ya caía septiembre, habían pasado lentamente: abril, mayo, junio, julio y agosto; ya era hora de que reflexionara), me paré a pensar la raíz de estos soeces calificativos que ahora sustituían a los vocablos que me lisonjeaban en el pasado.
"¿Y si tienen razón?"
La duda se plantó en mí y, con el tiempo, se reprodujo a una velocidad desorbitada. Cuando el declive de septiembre hubo llegado, octubre no fue más que un hondo agujero en mitad del camino de la vida, un pozo sin fondo al que caer sin remedio. Me ejecutaron los recuerdos, los pensamientos, los inconmensurables momentos que se apelmazaban en mi mente y eran el sustento que me alejaba del abandono...  fueron tantas las veces que me dije: "hasta aquí hemos llegado" y seguí queriéndote, tantas las veces que me dije: " ya valió de tanto sufrimiento por nada" y seguí queriéndote; así pues, tantas veces que me propuse tirar la toalla pero no lo hice por amor, quedaron recompensadas ya bien entrado el frio noviembre. Una noche, sin más, mi vida dio un giro de trescientos sesenta y un grados. La angustia e infelicidad se tornó pasada, y la alegría se postuló como plato del día. El amor y sus labios fueron la más tierna recompensa a tanto tiempo de sufrimiento silencioso. Y entonces fue cuando, sin rencor, busqué a los que me habían insultado para, llevándomela de la mano o en volandas, decirles: "mirad, es mía, la tengo aquí conmigo, y si luchar por lo que uno quiere es ser imbécil pues lo soy, y si haber conseguido lo que uno quiere es ser imbécil pues lo soy..."
Desde entonces no ha pasado un solo día sin que haya llorado de felicidad.

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