lunes, 31 de enero de 2011

Sólo los niños saben lo que buscan.


- Buenos días – dijo el principito.
- Buenos días – dijo el guardagujas.
- ¿Qué haces aquí? – preguntó el principito.
- Separo los viajeros en paquetes de mil – dijo el guardagujas. - Expido los trenes que los llevan unas veces hacia la derecha, otras hacia la izquierda.
Y un rápido, iluminado, retumbando como el trueno, hizo temblar la caseta de los cambios de aguja.
- Llevan mucha prisa – dijo el principito. – ¿Qué buscan?
- Hasta el hombre de la locomotora lo ignora – dijo el guardagujas.
Y otro rápido iluminado retumbó, en sentido inverso.
- ¿Ya están de vuelta? – preguntó el principito.
- No son los mismos – dijo el guardagujas. – Es un intercambio.
- ¿No estaban contentos donde estaban?
- Nunca está uno contento donde está – dijo el guardagujas.
Y retumbó el trueno de un tercer rápido iluminado.
- ¿Van persiguiendo a los primeros viajeros? – preguntó el principito.
- No persiguen nada – dijo el guardagujas. – Allá dentro estarán durmiendo o bostezando. Sólo los niños aplastan su nariz contra los cristales.
- Sólo los niños saben lo que buscan – dijo el principito. – Pierden tiempo con una muñeca de trapo, y ésta se convierte en algo muy importante, y si se la quitan lloran...
- Tienen suerte – dijo el guardagujas.
"Le Petit Prince" Antoine De Saint-Exupéry 


Recuerdo como algo magnífico un pasado ya lejano que ahora me hace reflexionar.
Sé que puede sonar tardío, pero he de confesar que hasta bien entrados mis seis años de edad yo no sabía lo que era la nieve; qué esperáis, en mi ciudad natal, Cartagena, no había nevado nunca durante mis seis primeros años de existencia. El día que yo descubrí la nieve, me asaltaron un montón de preocupaciones bastante tristes.
Me fascinaba tal extraño material frio, de un tacto macerable e inestable que se deshacía cuando excedías y descontrolabas tus fuerzas: ¡me hacía tan feliz dar forma a tal confusa vida inerte! Me preguntaba por aquel entonces, por qué los niños de mi ciudad natal no podían disfrutar de la nieve; por qué ellos tenían que vivir con la tristeza de no poder conocer lo que se sentía al tocar esos cubitos de hielo que caían del cielo. Me hubiera hecho tan feliz salir a la calle y poder ir al parque para reír y zambullirme entre el almizcle de hierba y nieve, o destruir un fortín enemigo con bolas de nieve, ayudado, por siempre, por los niños de mi tierra natal. O mejor aún: ver la nieve en la playa. Eso tenía que ser magnífico. Hacer castillos de arena y nieve, ángeles con mi cuerpo, hoyos donde meterme y así envolverme con el frío manto de la arena congelada. Ver flotar pequeñas motitas de nieve sobre el mar y reír a carcajadas eternamente. ¿Por qué los niños de mi tierra natal no podían disfrutar de la nieve? Tal pregunta me mantuvo un tiempo triste.
Hoy me siento fascinado, e incluso me atrevería a decir que envidio a los niños por tener la capacidad de preocuparse por tonterías con sentido. Nosotros, los adultos, los que dicen tener el poder de erigir hacia donde se mueve todo, nos preocupamos por tonterías sin sentido alguno.
Es por ello por lo que cada día procuro ser el niño que un día fui, preocupado por el bienestar de los demás niños aun descuidando mi propio bienestar; procuro ser un niño adulto que sabe lo esencial de la vida.


                        Sólo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible para los ojos

sábado, 29 de enero de 2011

¿Empezamos?

Hoy, mi adulada elocuencia se ha rebelado contra mí. Y además a lo bruto, sin contemplaciones, como si la controversia hubiera estallado en mi mente vertiendo a la vez ideas contrarias respecto al mismo aspecto. Todo esto es consecuencia del daño sin reparo de una voz que me insinuó sin contemplaciones que debía cambiar mi enfoque en este mundo de las palabras, me dijo con clarividencia que mi mente tenía que ir mucho más allá de lo amoroso, que no me estancase en lo idílico del amor, que la vida es un abanico de sensaciones paralelas al amor, un cúmulo de pensamientos que pueden salvar la existencia de uno si se usan con moderación; y por culpa de estas palabras, cuyo fin era bondadoso, me he parado a pensar, he cavilado, y he encontrado en mi mente reflexiones puramente maestras acerca de un sinfín de cosas que abarcan desde el amor hasta la muerte, pasando por la vida vivida, el tiempo, el lujo, la pasión, la política, la moral, la amistad,... en conclusión, lo que marca nuestro entorno físico y soñado. Desde hoy me declaro en rebeldía, voy a virar el camino que llevaba, en el cual todo se centraba en el amor y mi tierna amada, para hablar de todo un poco: de esto, de aquello, de lo que pienso, de lo que quiero, lo que pasa y lo que, en definitiva, sucede.

jueves, 27 de enero de 2011

Manual para torpes:

- Imbécil.
Y a la sombra de esta palabra, como un complemento indispensable a ella, el rudo y puntiagudo índice ajeno me señaló con ahínco. Esto me ocurrió una vez, y dos, y tres, y cuatro, y cinco, y seis... y cuando quise darme cuenta este adjetivo empezaba a acomodarse bajo el desdén de mi impasible rostro: con el tiempo empecé a aceptar que me llamasen imbécil (y derivados) siempre por la misma causa.
- Imbécil.
Una vez más llegó esta palabra a mi oído como llega el sábado a la semana, como algo irrefrenable y habitual a lo que uno se acostumbra. Pero cierto día (ya caía septiembre, habían pasado lentamente: abril, mayo, junio, julio y agosto; ya era hora de que reflexionara), me paré a pensar la raíz de estos soeces calificativos que ahora sustituían a los vocablos que me lisonjeaban en el pasado.
"¿Y si tienen razón?"
La duda se plantó en mí y, con el tiempo, se reprodujo a una velocidad desorbitada. Cuando el declive de septiembre hubo llegado, octubre no fue más que un hondo agujero en mitad del camino de la vida, un pozo sin fondo al que caer sin remedio. Me ejecutaron los recuerdos, los pensamientos, los inconmensurables momentos que se apelmazaban en mi mente y eran el sustento que me alejaba del abandono...  fueron tantas las veces que me dije: "hasta aquí hemos llegado" y seguí queriéndote, tantas las veces que me dije: " ya valió de tanto sufrimiento por nada" y seguí queriéndote; así pues, tantas veces que me propuse tirar la toalla pero no lo hice por amor, quedaron recompensadas ya bien entrado el frio noviembre. Una noche, sin más, mi vida dio un giro de trescientos sesenta y un grados. La angustia e infelicidad se tornó pasada, y la alegría se postuló como plato del día. El amor y sus labios fueron la más tierna recompensa a tanto tiempo de sufrimiento silencioso. Y entonces fue cuando, sin rencor, busqué a los que me habían insultado para, llevándomela de la mano o en volandas, decirles: "mirad, es mía, la tengo aquí conmigo, y si luchar por lo que uno quiere es ser imbécil pues lo soy, y si haber conseguido lo que uno quiere es ser imbécil pues lo soy..."
Desde entonces no ha pasado un solo día sin que haya llorado de felicidad.

lunes, 24 de enero de 2011

En los malos momentos me ayudaban a eclipsarme de la realidad.

Nunca gocé de cordura. Ni de parcialidad. Comprobé q me gustaba acondicionar las situaciones a mi antojo. Aun así, nunca he pedido perdón por esos pecados; y este no es el momento de hacerlo.
Cierto día, aburrido, anonadado por el revolotear intranquilo de una estúpida mosca, nació una idea en mi mente.
Corrí por toda mi casa apresurado e intranquilo, buscando un diccionario.
Me había dado cuenta de lo injusto que era que algo tan valioso como las palabras estuviesen encerradas y atrapadas entre páginas; sin poder salir.
Las liberé y cuando todas se postraron frente a mi en señal de agradecimiento, las obligué a que me obedeciesen e hiciesen lo q yo les pidiese.
Hoy en día tengo el poder de las palabras.

jueves, 20 de enero de 2011

Abril de 2010. Ni el amor entiende de edades, ni yo entiendo de amor.

Ayer lo hice. No pude evitarlo. Tenía tantas ganas de verla que antes de que el sol se fuese me arrastré cual malévolo hombre de paso firme entre el entramado de la ciudad para sentarme justo en frente del lugar exacto por el que yo sabía que ella pasaría. Estuve alrededor de tres horas esperando.
La verdad, hacía frio. Me era tan triste sentirlo y no tenerla. Dónde quedaron esos momentos en los que, cuando el frio empezaba a azotar, ella se mostraba ávida en abrazos y carantoñas que me hacían sentir casi febril. Dios mío, no puedo escribir esto, ¡Qué de recuerdos! Pero ya no la tengo, y si ella es feliz sin mí, pues si hace falta desaparezco. La quiero tanto... si es que la quiero tanto que si ella es feliz ya me basta... aunque yo tenga que estar tan triste o irme de su lado para siempre...
Esta tristeza se compensa en cierta medida cuando la veo pasar por ese punto exacto que cruza todos los días, con su paso raudo, con su mirada inocente, sus labios finos, su andar burlón...
En esos momentos me gustaría asaltarla en mitad de su camino y preguntarle cosas como: “Por qué ya no me quieres mujer de ojos aguamarina. Por qué ya no me coges de la mano para no soltarme, por qué ya no te burlas de mi, o me ninguneas con palabras irónicas... por qué ya no acudes a mis brazos en busca de tenues mocedades, por qué ya no me robas un beso de la boca, por qué ahora ya no eres mas que un dolor patente, una sonrisa perdida y un amor perecido, pero eso sí, no olvidado”

lunes, 17 de enero de 2011

Una vida y un día.

La noche cayó sobre el cielo, amaestrando las nubes bajo el correr trémulo del viento inerte, creando en el ambiente un idílico aroma a fragancias frescas que emanaba de tu piel. A lo lejos se podía oír el roce suave de las olas chocando contra el mar, evaporándose las notas lentamente, adheridas a un ritmo constante y mágico. Sobre la playa estaba tu cuerpo, adormecido, empolvado del claro espesor de la arena que creaba sobre tu morena tripa un camino sencillo que nacía bajo tu barbilla e iba a parar al abismo de tu fino ombligo de tiernas sombras.
Ya era tarde, no sé muy bien que hora era, pero entre el rumor suave del oleaje la luna nos miraba con su impacto dorado, haciendo brillar tus muslos. Yo aún estaba despierto, frente a tu cuerpo que dormitaba, sentado, con el cuerpo echado hacia un lado, sosteniendo mi peso con una mano estirada sobre la arena. Pasé toda la noche contemplando como dormías, tu tez firme, tus rosados pómulos que se deslizaban entre el sinuoso ir de tus labios, tu cuello que relucía bajo el resplandor de la luna como el trigo recién cribado, enlazando esotéricas sombras sobre el decaer de tu tripa, dejando una gota de deseo entre el relucir de tu bikini, entre el resoplar suave del aire acariciando tus muslos, proviniendo éste del liento sentir de tus labios.
Me pasé toda la noche como un ser único en medio de aquella playa, teniendo tu cuerpo para mí, para contemplarlo eternamente, para decirle cosas al oído en un susurro, para ser injusto y mentirte, pues tenía ganas de que despertaras, no solo para besarte, sino para decirte " te quiero" cuando en realidad te amo.

viernes, 14 de enero de 2011

Dejad paso al amor justo:

Hoy la tierra y los cielos me sonríen,
hoy llega al fondo de mi alma el sol,
hoy la he visto..., la he visto y me ha mirado...,
¡hoy creo en Dios!
Gustavo Adolfo Bécquer

He aquí unos bellos versos de un viejo Romántico; una rima simple, libre, ligera, calada del sentimentalismo agónico que caracterizaba a esa generación de escritores cuyo dolor existencial era fruto del amor, de la pasión, de esa lanza punzante que les oprimía y sumía en un deseo imperioso de lanzarse al abismo de la muerte. Fueron sus obras meros estertores plagados del duro faenar por sobrevivir con su amor ausente, imposible, con esa incapacidad de alcanzar el ideal de sus vidas: una mujer que lo era todo. Ante esta imposibilidad, sin importarles nada, acabaron quitándose la vida para vencer el dolor amoroso, para alcanzar el alivio en el descanso eterno; en mi opinión, una manera cobarde de huir de la angustiosa realidad. No sé qué dicen los libros de texto, pero yo hoy tengo los suficientes argumentos para decir que los viejos Románticos murieron por amor.
Pero eso ha cambiado, esos Románticos estúpidos que se quitaron la vida por un amor imposible pasaron a la historia, nos quedan sus poemas, sus dulces versos y textos en prosa plagados de sentimientos que pueden llegar a erizar tu piel, pero bajo ningún concepto nos han dejado un ideal de vida. La idea de lo que un Romántico es, por suerte, ha cambiado.
Para mí el Romántico no es aquel que muere por amor, sino el que muere de amor. Como si el amor fuese una mera enfermedad que te infectase allá por la más tierna juventud, aferrándose a tu corazón, calándote con sus ambiguos efectos. Es una enfermedad cuyo insecto vive dentro de ti, como un parásito, y cada día va matándote un poco. Pero eso sí, es una muerte bastante dulce pues te mata a golpes de felicidad, de buenos momentos, de vivencias inexplicables que te llenarán el rostro de sonrisas, el corazón de buenas sensaciones; te hará querer ser cuidado (como si de una madre que cuida a su hijo enfermo se tratase) por otra persona eternamente. Pero todo se acaba, incluso la vida y el amor; y cuando uno ha decidido morir de amor y la muerte llega, también siente que se le para el corazón; pero ya no hay cobardía, sino naturalidad. Esta muerte coincide con la muerte natural, con el momento que cada uno tiene predestinado; nada de deshacerse de su propia vida como hacían los viejos Románticos, los nuevos, esos sí que saben disfrutar del amor verdadero; un consejo para los viejos Románticos: el que la sigue la consigue. Y si se quiere de verdad, uno nunca se cansa de seguir ese amor eterno.

martes, 11 de enero de 2011

Hablo de cosas inevitables, como por ejemplo quererte.

Se subió a un bordillo. Yo me quedé a contemplarla desde abajo, con los ojos entornados, moviendo lentamente la cabeza hacia los lados con un gesto de incredulidad ante la mujer que tenía en frente de mí. Su voz me lisonjeó desde la lejanía, y en mi rostro brotó una sonrisa que no pude evitar; hubiera querido frenarla, parecer enfurecido: pero imposible. Ahora ella intenta asir mi chaquetón para empotrarme contra su cuerpo y que la bese. Se quiere quedar enredada entre el espesor de mi aroma, quiere estar pegada a mis labios durante el creciente tiempo eterno; uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde, pensé. Yo no quiero saber lo que tengo, no quiero perderte, pensé de nuevo. No hablé en alto porque aún estamos conociéndonos (si es que se puede afirmar esto sin estar mintiendo). Todavía siento la frivolidad de ese miedo a perder que yace inherente a cada palabra, se puede palpar el respeto mutuo, los silencios que emergen de la nada como deseos de besarse.
Cuando el viento se enfureció (ha ocurrido hace un momento), su pelo se movió sin control dejándome ver a duras penas una mirada intensa, como si el mar brotase de sus ojos; sus rubios mechones ondeando al son del aire justo delante de su cara, creando una dorada barrera que me aleja de sus labios.
Está agotada. Espero que nunca lo esté de amarme. Nunca. Jamás. Está tan agotada que ha posado la cabeza sobre mi pecho y mis manos tienden a acariciar sus orejitas y mis labios besan su nariz de niña. Se sonroja. Es encantadora. No te vayas nunca de mis brazos por favor. Nunca. Jamás. Quédate conmigo. Que la realidad sea eterna. No quiero volver a imaginarte y no tenerte. Llorar tu ausencia sumido en la penumbra, tumbado sobre la cama, con los brazos abiertos, sintiendo el rudo tacto de la pared pulverizando mis nudillos. Y mis ojos encharcados. Mi corazón roto en mil pedazos, la dejadez, la falta de ganas de seguir buscando la luz del día. No quiero que te alejes de mi lado. No sé si lo he dicho, pero por si acaso: quédate conmigo. Por siempre.
Me acabas de oír hablarte al oído, muy bajito, tan bajito que ni siquiera sé cómo has percibido mis palabras. Pero me has oído. ¿Será verdad que la gente solo oye lo que quiere? Te acabo de decir: te quiero.

sábado, 8 de enero de 2011

La verdad se alambica, mi amor se acelera.

Dicen que correr es de cobardes. Esta frase vaga entre las voces de aquellos que nunca han corrido por una razón de peso: aquellos que nunca han probado tus besos. Si lo hubieran hecho, si hubieran probado tus besos en alguna ocasión de sus vidas, entonces, sabrían que correr en busca de tus labios sedosos no denota cobardía sino deseos imperiosos e irrevocables. Todo esto lo pensé mientras mis pasos se aceleraban hasta hacerse frenéticos, entre el salpicar acuoso de las calles entristecidas. La noche hacía ya tiempo que había caído, se dibujaba en el cielo el fino hilillo de bruma airosa que desestructuraba los hechos. Tu tacto me encontró de repente, justo cuando frené mis andaduras, resbalando entre tu cuerpo y sintiendo mis manos incandescentes. Tus ojos me invitaron más allá del universo terrenal, mis pasos siguieron a los tuyos y tu voz, acariciando mi oído, sonó como un milagro secular que inundó mi mente de inmensa felicidad. Tu cuerpo acurrucado sobre mis rodillas, mis manos enredándose entre los jirones de tu pelo; así fue como mi cuerpo se inquietó, tiritó, sumido en tu calor, diciendo, entre vocablos a penas imperceptibles, mis sentimientos más íntimos, haciendo hincapié en lo importante, haciendo de mis palabras nuestro legado.
Tu mirada se hizo silenciosa, entre los dos se creó el estrecho vínculo de inocencia que ambos aún guardábamos en el destellar de nuestras miradas, tu costado se erizó al sentir mis heladas manos rozándolo y, sin saber muy bien por qué, el verde paisaje que se oscurecía entre las sombras, se tiñó de colores azulados, como en un sueño vivido.
Mis letras no me permiten afianzarme en detalles, la misma libertad que libera a mis manos en tu presencia, ahora me oprime y no me deja escribir la trasiega realidad. Solo diré que allí había mucho más que amistad, y que los hechos, sumergidos en el trasfondo de un sentimiento muy profundo, se hicieron con el mando. Si bien es verdad que yo detesto  los contratos verbales, pienso que el día a día es el momento en el que uno ha de demostrar lo que siente; los números están creados por el hombre, el amor crea al hombre. Y aun odiando las cifras, pensé, miré sus ojos y no pude evitarlo. Acabé desechando el pasado para crear un nuevo futuro: mentira. No desecharía nuestro pasado por nada en el mundo.
Porque sé que cuando el sentir de todos sea felicitar por estupideces, entonces, yo diré " lo que cuenta no son los pactos verbales, sino el tiempo pasado, el amor que nunca se fue, y sobre todo, el amor que volvió. Para mí no empezó todo cuando ambos sentimos la necesidad de instaurarlo con palabras; para mí todo empezó más de un año atrás, cuando empecé a quererla, cuando me dejó marcado para nunca más poder olvidarla"

miércoles, 5 de enero de 2011

Ya la perdí una vez, y fue suficiente.

Las posibilidades que mi mente dilucidaba eran parejas a la escasez de hechos que habían pronunciado un grito en el cielo dando un ápice de esperanza: cero. Así pues, la noche llegó y con ella mis ganas de quedarme en casa, de no aventurarme hacia el destino dónde todos mis recuerdos más oscuros y más alegres se unificarían y formarían una belleza suprema de ojos aguamarina; no quise ser un cobarde y entoné una sonrisa pintarrajeada en mi cara para salir aprisa hacia una casa arropada por el confort de la montaña. Cuando llegué, el sobrio y enhiesto pino perenne que me aventuraba recuerdos de antaño fue como el mástil que ondeaba la bandera de un letargo amoroso que podría venírseme de sopetón entre linajes del frio. Y así fue, inmóvil, como un destello dorado que busca hacerse paso entre una bruma, mi mente se dejó camelar por el hablar sinuoso del griterío femenino; una voz que me propuso al oído mocedades con cierta mujer que nunca (ni un solo segundo de mi vida) había dejado de querer. Y entre el sentir furioso de mis amigos que recibieron la noticia a regañadientes, el frio helado de la noche pasó a calar mis huesos, a helar mis pupilas, a enrojecer mis pómulos y endurecer su rosada piel. Su roce se hizo cercano, su voz buscaba mi oído intensamente, como un sueño hecho realidad; sus muslos rozaron los míos por descuido y mi mente cayó al abandono. La vida se tornaba de un color rosáceo de nuevo. Sentía el triunfo de mi falsa postura de dejadez durante siete intragables meses, era la victoria de una propuesta amorosa, la victoria de las tres frases que habían marcado mi vida desde el día en que ella desapareció de mi lado: On ne sait jamais (nunca se sabe), Tout peut changer (todo puede cambiar) y Pourquoi pas? (¿por qué no?).
Y ahora quería saberlo todo de ella, cambiar todo nuestro pasado y preguntarle por qué no me había besado antes. Pero la noche estaba muy fría y ambos solo pensábamos en abrazarnos y querernos sin pronunciar palabra alguna.

domingo, 2 de enero de 2011

Beber para no olvidarte.


En la noche, el alcohol, como cualquier otro veneno, es el vivir acuoso de los jóvenes. Es una locura sentir que te inunda, que te embriaga con su golpetazo seco e intenso que te aturde y todo se descontrola: la noche deja de ser oscura y las luces de la calle empiezan a correr siguiendo los pasos de la gente. Junto a los escaparates, el reflejo de mohines varios son la estampa matutina del declive social, se caen los más torpes, se levantan los más apasionados, se colocan su atuendo mirando a los lados como distraídos y se cogen de la mano aunque no se conozcan.
Junto al hilillo de luz parpadeante que grita con destellos dorados, entre los saltos desproporcionados de los jóvenes que celebran algo, sientes el fin de una era. El revolotear de manos que nada les importa y se cuelgan de los hombros de cualquiera, mujeres que se enganchan en la solapa de tu camisa, te dicen cosas al oído y te embelesan; labios que se oprimen contra otros labios, los mismos que habían derramado suavemente alcohol entre su tacto, caer entre el humo del tabaco rubio que exhalan bocas carcomidas, las cuales te piden una reconciliación con tu pasado y gritan por un beso, gritan tambaleándose, entre el salpicar de los ojos moribundos de alguien que ha probado demasiado veneno, alguien que también ama a alguna mujer, que también piensa en algunos labios que por allí se trastabillan o en la falda de menganita, es un hombre que suspira por los senos tersos que le rozaron al intentar escabullirse entre la muchedumbre, un hombre que se siente único e irrepetible porque el alcohol le ha mareado tanto como para caer sin querer sobre los brazos de cualquier mujer que busque ser besada.