- Buenos días – dijo el guardagujas.
- ¿Qué haces aquí? – preguntó el principito.
- Separo los viajeros en paquetes de mil – dijo el guardagujas. - Expido los trenes que los llevan unas veces hacia la derecha, otras hacia la izquierda.
Y un rápido, iluminado, retumbando como el trueno, hizo temblar la caseta de los cambios de aguja.
- Llevan mucha prisa – dijo el principito. – ¿Qué buscan?
- Hasta el hombre de la locomotora lo ignora – dijo el guardagujas.
Y otro rápido iluminado retumbó, en sentido inverso.
- ¿Ya están de vuelta? – preguntó el principito.
- No son los mismos – dijo el guardagujas. – Es un intercambio.
- ¿No estaban contentos donde estaban?
- Nunca está uno contento donde está – dijo el guardagujas.
Y retumbó el trueno de un tercer rápido iluminado.
- ¿Van persiguiendo a los primeros viajeros? – preguntó el principito.
- No persiguen nada – dijo el guardagujas. – Allá dentro estarán durmiendo o bostezando. Sólo los niños aplastan su nariz contra los cristales.
- Sólo los niños saben lo que buscan – dijo el principito. – Pierden tiempo con una muñeca de trapo, y ésta se convierte en algo muy importante, y si se la quitan lloran...
- Tienen suerte – dijo el guardagujas.
"Le Petit Prince" Antoine De Saint-Exupéry
Recuerdo como algo magnífico un pasado ya lejano que ahora me hace reflexionar.
Sé que puede sonar tardío, pero he de confesar que hasta bien entrados mis seis años de edad yo no sabía lo que era la nieve; qué esperáis, en mi ciudad natal, Cartagena, no había nevado nunca durante mis seis primeros años de existencia. El día que yo descubrí la nieve, me asaltaron un montón de preocupaciones bastante tristes.
Me fascinaba tal extraño material frio, de un tacto macerable e inestable que se deshacía cuando excedías y descontrolabas tus fuerzas: ¡me hacía tan feliz dar forma a tal confusa vida inerte! Me preguntaba por aquel entonces, por qué los niños de mi ciudad natal no podían disfrutar de la nieve; por qué ellos tenían que vivir con la tristeza de no poder conocer lo que se sentía al tocar esos cubitos de hielo que caían del cielo. Me hubiera hecho tan feliz salir a la calle y poder ir al parque para reír y zambullirme entre el almizcle de hierba y nieve, o destruir un fortín enemigo con bolas de nieve, ayudado, por siempre, por los niños de mi tierra natal. O mejor aún: ver la nieve en la playa. Eso tenía que ser magnífico. Hacer castillos de arena y nieve, ángeles con mi cuerpo, hoyos donde meterme y así envolverme con el frío manto de la arena congelada. Ver flotar pequeñas motitas de nieve sobre el mar y reír a carcajadas eternamente. ¿Por qué los niños de mi tierra natal no podían disfrutar de la nieve? Tal pregunta me mantuvo un tiempo triste.
Hoy me siento fascinado, e incluso me atrevería a decir que envidio a los niños por tener la capacidad de preocuparse por tonterías con sentido. Nosotros, los adultos, los que dicen tener el poder de erigir hacia donde se mueve todo, nos preocupamos por tonterías sin sentido alguno.
Es por ello por lo que cada día procuro ser el niño que un día fui, preocupado por el bienestar de los demás niños aun descuidando mi propio bienestar; procuro ser un niño adulto que sabe lo esencial de la vida.
Sólo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible para los ojos
