sábado, 11 de diciembre de 2010

A veces, ellas, aman al odio.

- Hoy estas especialmente horrenda...
Y con mis palabras su asombro. Su frente se estiró hasta tensarse al máximo, los ojos como platos, la boca medio abierta y en su expresión una pizca del tedio marchito que imitaba al de una plañidera.
Nunca un hombre ha de tener la poca vergüenza de decir a una mujer que hoy no está hermosa. Incluso si es de mentira. Las mujeres se rigen con el peso de los piropos, sirviéndose de autoestima plagada de banalidades momentáneas que las alimentan como si de un manjar intangible se tratase.
Muy a mi pesar, acababa de pronunciar las palabras malditas. De broma. Pero en estos casos la mente femenina no entiende de bromas; ellas se creen hermosas por el día, por la tarde, por la noche, recién levantadas, antes de acostarse, incluso recién salidas de la ducha; embarradas o mojadas, su inherente pesadumbrez se desvanece cuando de la hermosura se habla.
Alejandro, te pasaste de listo, pensé. Y arrugué mi mirada con un mohín de autodesaprovación.
Su mirada se cargó de ira, de odio caduco; pude ver en sus ojos la felinidad de un tigre rabioso. Y mientras tanto, mi mente buscando las palabras correctas que me permitiesen escurrir el bulto. Acaricié el esplendoroso mundo del romanticismo entre vocablos que se precipitaron en mi mente en forma de efugio. Y aún arropado por ese gesto de desaprobación que ella me mandaba desde su posición, inmóvil, dije en tono suave pero intenso:
- ... Eso es lo que me gustaría que pensasen los demás; sin embargo, eres tan guapa y te quiero tanto.
Y bueno, todo el mundo sabe que después del alivio viene un beso.

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