lunes, 27 de diciembre de 2010

Eres lo suficiente para que yo pueda vivir.


Brillaba en el cielo un ensueño delirante que protegía a los viandantes de cualquier precipitación atmosférica. Ya muy temprano, había amanecido el cielo turbado, sumido en la tristeza impura del que lo ha perdido todo, pero por extrañas circunstancias, ese lánguido gris que cubría el cielo no expresó su tristeza en forma de gotas de lluvia.
Ambos lo agradecieron. Cumplieron su destino y acudieron sin rechistar a su cita mutua, rutinaria, pero cohibida por lo que ambos buscaban. La satisfacción final de tal extraño encuentro, no se vería conseguida si alcanzaban el final del día sin besarse. Lo sabían, y a pesar de que ambos sentían el fervor interno fruto del deseo, dudaban de su eterna responsabilidad como amantes desenfrenados.
Se vieron, ninguno de ellos tembló; se habían mirado tantas veces sumidos en el amor delirante que toda manifestación que les afectase eran fruto de la rutina desalmada.
Nunca fueron parejos en cuanto a la toma de decisiones, ni gustaron en demostrarse la misma manera de pensar, incluso ella era más diligente en el arte de pensar al contrario que aquel chico irresoluto que fundamentaba su conducta en lo sarcástico e irónico de todo lo que iba sucediendo. Pero se querían, y todo lo demás carecía de importancia alguna.

Tras darse de nuevo el visto bueno y acompañados por un tímido “hola”, que emanó de sus bocas como resistencia a lanzar un beso, caminaron hacía ninguna parte, sin saber cual sería su final: ambos querían que fuese un beso. Sin darse cuenta se perdieron entre el entramado de las calles de la ciudad dilucidando temas de extensión variable y aspectos diferentes. Cuando se hubieron perdido en su misma verborrea, aturdidos por la continua contemplación del otro, ambos decidieron desviar sus caminos conjuntos hacia un parque no muy lejano.

La behetría de la hojarasca, arremolinada a la sombra de los árboles, creaba una mística alfombra que a cada paso de los enamorados se elevaba formando en el suelo chorros dorados de hojas marchitas. No era este el único síntoma de hermosura en aquel verde paisaje (obviando la de ella, todo sea dicho); bajo la cómoda sombra del atardecer, sumidos en la más triste desolación producto del abandono, ruinosos bancos de piedra plagados de musgo verdoso ofrecían con insistencia desenfrenada su cómodo asiento. Ambos atisbaron a lo lejos, empotrado contra un matorral, un banco pútrido en el cual decidieron acomodarse.
Parecía el lugar idóneo para desvelar sus incandescentes instintos de pasión. Obvio, pero no sucedió hasta bien entrada la noche, cuando ella ya había insistido varias veces con un hilillo de voz usando la impertinente frase: “me tengo que ir” frenada por el insistente “quédate” del jovenzuelo.
Cuando él sintió que la iba a perder, respiró y no dijo nada. Se frenó atraído por su instinto de conservación, pero acabó claudicando al frenesí impuro, a la intensa permuta del rocío innato, ávido por sentir el fervor de su tez dorada.
No querían perder el roce de sus labios, aunque él se mostraba frío, bajo el hechizo de incomprensión de los acontecimientos. Se besaron en cada esquina, en cada badén, en cada callejuela, en cada portal, en cada resquicio de la ciudad, y él, aun tras haberla perdido de entre la complicidad de sus brazos, gracias a un vetusto recuerdo y a su olor intenso que todavía permanecía impregnado en su piel, pudo evocar una sonrisa en su rostro que habría alentado incluso al ser más enteco y desolado.

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