martes, 7 de diciembre de 2010

Despertar en medio de un sueño, y aun seguir en él.


Sobre las tres de la mañana las sábanas se ajaban sobre el lecho, como el deslizar de las olas al despuntar el alba, rompiendo sobre sus piernas tersas que caían por un lado de la cama casi contagiándose del húmedo frío que brotaba del suelo. Medio somnoliento, se dio media vuelta, aun sumido en el mismo sueño que estaba amenizándole la noche de una manera un tanto decorosa.
Eran un tumulto de hechos confusos, sus manos parecían difusas, entrelazándose con los finos dedos de unas manos femeninas que conocía a la perfección. Al cabo de un rato, los ojos de ella mostraban la añoranza de un momento desestructurado en el pasado, un miedo entelerido por los dolorosos recuerdos que la arrastraban y tiranizaban sus ganas de besarle. Con certeza y decisión, él, rompió con un gesto fugaz el miedo que le oprimía su capacidad motora y, como si de la seda se tratase, acarició su pelo entornando los ojos y respirando con profundidad el fino hilo de olor aromático que brotó de las inmediaciones de ella. Los dedos de él se hicieron vigorosos, intranquilos, fruto de un anhelo que  nada tenía que ver con la mocedad y sus desagravios, sino más bien con el amor puro y verdadero. Al sentir su fino tacto, ella se estremeció y mientras él deslizaba sus dedos entre los jirones de su pelo, ella mostraba una sonrisa tímida y nerviosa que quedó frenada con el dedo pulgar de él acariciando sus labios. Hubo un silencio corto en cuyos segundos se entrelazaron las ganas y el deseo; una fuerza devastadora que nada tiene que ver con el hedonismo; un sentimiento irrefrenable que voló y se instauró en sus miradas creando una pasión macerada por sus labios que, con cada instante, se aproximaban más. Sintieron el fulgor del amor, la esencia de un bienestar capaz de ningunear al sexo más puro, incluso capaz de tratar de tú a tú al placer más íntimo derivado de un orgasmo de placeres. Fueron sólo segundos de silencio. Y cuando se propusieron besarse él despertó del sueño.
Sintióse arropado por la quejumbre, y aun con los ojos cerrados y frotándose el rostro con las manos, se irguió. Y mientras lentamente abría los ojos, pudo sorprenderse al comprobar que estaba en el mismo sitio donde había estado en sus sueños. Con la misma compañía, y con las mismas ganas de besarla.

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