YO NO QUIERO PASAR EL 2011 CONTIGO, ME PARECE POCO TIEMPO.
viernes, 31 de diciembre de 2010
jueves, 30 de diciembre de 2010
Cuando el amor te atrapa entre sus manos:
La luz empezaba a escasear cuando ella llamó:
- ¿Dónde estás? - Su voz sonó desesperada.
- Estoy dónde tú quieras que esté, - hubo un breve y conmovedor silencio que rompí con melancolía- dónde tu voz me busque, dónde los besos de tu boca quieran encontrar a los mios...
- Entonces, dónde se auna toda la felicidad del mundo, ¿no?.
Y tras esta declaración de amor, se me aceleraron las ganas de besarla.
- ¿Dónde estás? - Su voz sonó desesperada.
- Estoy dónde tú quieras que esté, - hubo un breve y conmovedor silencio que rompí con melancolía- dónde tu voz me busque, dónde los besos de tu boca quieran encontrar a los mios...
- Entonces, dónde se auna toda la felicidad del mundo, ¿no?.
Y tras esta declaración de amor, se me aceleraron las ganas de besarla.
lunes, 27 de diciembre de 2010
Eres lo suficiente para que yo pueda vivir.
Brillaba en el cielo un ensueño delirante que protegía a los viandantes de cualquier precipitación atmosférica. Ya muy temprano, había amanecido el cielo turbado, sumido en la tristeza impura del que lo ha perdido todo, pero por extrañas circunstancias, ese lánguido gris que cubría el cielo no expresó su tristeza en forma de gotas de lluvia.
Ambos lo agradecieron. Cumplieron su destino y acudieron sin rechistar a su cita mutua, rutinaria, pero cohibida por lo que ambos buscaban. La satisfacción final de tal extraño encuentro, no se vería conseguida si alcanzaban el final del día sin besarse. Lo sabían, y a pesar de que ambos sentían el fervor interno fruto del deseo, dudaban de su eterna responsabilidad como amantes desenfrenados.
Se vieron, ninguno de ellos tembló; se habían mirado tantas veces sumidos en el amor delirante que toda manifestación que les afectase eran fruto de la rutina desalmada.
Nunca fueron parejos en cuanto a la toma de decisiones, ni gustaron en demostrarse la misma manera de pensar, incluso ella era más diligente en el arte de pensar al contrario que aquel chico irresoluto que fundamentaba su conducta en lo sarcástico e irónico de todo lo que iba sucediendo. Pero se querían, y todo lo demás carecía de importancia alguna.
Tras darse de nuevo el visto bueno y acompañados por un tímido “hola”, que emanó de sus bocas como resistencia a lanzar un beso, caminaron hacía ninguna parte, sin saber cual sería su final: ambos querían que fuese un beso. Sin darse cuenta se perdieron entre el entramado de las calles de la ciudad dilucidando temas de extensión variable y aspectos diferentes. Cuando se hubieron perdido en su misma verborrea, aturdidos por la continua contemplación del otro, ambos decidieron desviar sus caminos conjuntos hacia un parque no muy lejano.
La behetría de la hojarasca, arremolinada a la sombra de los árboles, creaba una mística alfombra que a cada paso de los enamorados se elevaba formando en el suelo chorros dorados de hojas marchitas. No era este el único síntoma de hermosura en aquel verde paisaje (obviando la de ella, todo sea dicho); bajo la cómoda sombra del atardecer, sumidos en la más triste desolación producto del abandono, ruinosos bancos de piedra plagados de musgo verdoso ofrecían con insistencia desenfrenada su cómodo asiento. Ambos atisbaron a lo lejos, empotrado contra un matorral, un banco pútrido en el cual decidieron acomodarse.
Parecía el lugar idóneo para desvelar sus incandescentes instintos de pasión. Obvio, pero no sucedió hasta bien entrada la noche, cuando ella ya había insistido varias veces con un hilillo de voz usando la impertinente frase: “me tengo que ir” frenada por el insistente “quédate” del jovenzuelo.
Cuando él sintió que la iba a perder, respiró y no dijo nada. Se frenó atraído por su instinto de conservación, pero acabó claudicando al frenesí impuro, a la intensa permuta del rocío innato, ávido por sentir el fervor de su tez dorada.
No querían perder el roce de sus labios, aunque él se mostraba frío, bajo el hechizo de incomprensión de los acontecimientos. Se besaron en cada esquina, en cada badén, en cada callejuela, en cada portal, en cada resquicio de la ciudad, y él, aun tras haberla perdido de entre la complicidad de sus brazos, gracias a un vetusto recuerdo y a su olor intenso que todavía permanecía impregnado en su piel, pudo evocar una sonrisa en su rostro que habría alentado incluso al ser más enteco y desolado.
jueves, 23 de diciembre de 2010
Noches de desasosiego.
Me faltas.
Tu me manques.
Te echo de menos.
Entre el ir y venir de la noche, la euforia se apodera de mí, me hace gritar y saltar, bailar, también; tal vez se atreva a hacerme sentir gentil, a abrazar a los amigos, a iluminar sus rostros con ironías insultantes. Pero esa fuerza irrefrenable de la cual nadie se salva, esa marea invisible llamada tiempo siempre acaba por condenarme.
Te echo de menos en mi mente. Mis manos también aclaman tu presencia. Te quiero allí conmigo, besándome, como tantos enamorados que se besan y se miran a los ojos queriéndose decir te quiero, agarraditos de la mano, en silencio.
Pero no estás.
Me inunda la errática envidia y, sintiéndome vacio, quiero gritar tu nombre, tenerte a mi lado. Tenerte junto a mi toda la noche; para que me bailes al son de la música, para que contonees tu cuerpo provocándome con tus libidinosos movimientos, para que dibujes mi cuerpo con tus dedos, que tus labios me besen, para que pensar en ti y tenerte, no sea un imposible, sino simplemente abrir los ojos.
Tu me manques.
Te echo de menos.
Entre el ir y venir de la noche, la euforia se apodera de mí, me hace gritar y saltar, bailar, también; tal vez se atreva a hacerme sentir gentil, a abrazar a los amigos, a iluminar sus rostros con ironías insultantes. Pero esa fuerza irrefrenable de la cual nadie se salva, esa marea invisible llamada tiempo siempre acaba por condenarme.
Te echo de menos en mi mente. Mis manos también aclaman tu presencia. Te quiero allí conmigo, besándome, como tantos enamorados que se besan y se miran a los ojos queriéndose decir te quiero, agarraditos de la mano, en silencio.
Pero no estás.
Me inunda la errática envidia y, sintiéndome vacio, quiero gritar tu nombre, tenerte a mi lado. Tenerte junto a mi toda la noche; para que me bailes al son de la música, para que contonees tu cuerpo provocándome con tus libidinosos movimientos, para que dibujes mi cuerpo con tus dedos, que tus labios me besen, para que pensar en ti y tenerte, no sea un imposible, sino simplemente abrir los ojos.
lunes, 20 de diciembre de 2010
Me cuesta escribir un título que no lleve tu nombre.
El amor mata, como cualquier otra droga. Y también crea adicción.
Sobre todo las miradas silenciosas acompañanadas de sonrisas inacabadas que se mueren de ganas.
Por no hablar de tus besos.
Sobre todo las miradas silenciosas acompañanadas de sonrisas inacabadas que se mueren de ganas.
Por no hablar de tus besos.
viernes, 17 de diciembre de 2010
Déjà vu.
Moi je t'offrirai
Des perles de pluie
Venues de pays
Où il ne pleut pas
Je creuserais la terre
Jusqu'après ma mort
Pour couvrir ton corps
D'or et de lumière
Je ferai un domaine
Où l'amour sera roi
Où l'amour sera loi
Où tu seras ma reine
Des perles de pluie
Venues de pays
Où il ne pleut pas
Je creuserais la terre
Jusqu'après ma mort
Pour couvrir ton corps
D'or et de lumière
Je ferai un domaine
Où l'amour sera roi
Où l'amour sera loi
Où tu seras ma reine
Jacques Brel
Ella me besa, se rie y deja que la vida fluya, que los sentimientos sean quienes marquen el destino. ¿Y yo qué hago? Pues me dejo. He descubierto que me es imposible resistirme a sus encantos, que su carita rosada me enamora y que sus labios son una tentación que no puedo (ni quiero) eludir.
sábado, 11 de diciembre de 2010
A veces, ellas, aman al odio.
Y con mis palabras su asombro. Su frente se estiró hasta tensarse al máximo, los ojos como platos, la boca medio abierta y en su expresión una pizca del tedio marchito que imitaba al de una plañidera.
Nunca un hombre ha de tener la poca vergüenza de decir a una mujer que hoy no está hermosa. Incluso si es de mentira. Las mujeres se rigen con el peso de los piropos, sirviéndose de autoestima plagada de banalidades momentáneas que las alimentan como si de un manjar intangible se tratase.
Muy a mi pesar, acababa de pronunciar las palabras malditas. De broma. Pero en estos casos la mente femenina no entiende de bromas; ellas se creen hermosas por el día, por la tarde, por la noche, recién levantadas, antes de acostarse, incluso recién salidas de la ducha; embarradas o mojadas, su inherente pesadumbrez se desvanece cuando de la hermosura se habla.
Alejandro, te pasaste de listo, pensé. Y arrugué mi mirada con un mohín de autodesaprovación.
Su mirada se cargó de ira, de odio caduco; pude ver en sus ojos la felinidad de un tigre rabioso. Y mientras tanto, mi mente buscando las palabras correctas que me permitiesen escurrir el bulto. Acaricié el esplendoroso mundo del romanticismo entre vocablos que se precipitaron en mi mente en forma de efugio. Y aún arropado por ese gesto de desaprobación que ella me mandaba desde su posición, inmóvil, dije en tono suave pero intenso:
- ... Eso es lo que me gustaría que pensasen los demás; sin embargo, eres tan guapa y te quiero tanto.
Y bueno, todo el mundo sabe que después del alivio viene un beso.
martes, 7 de diciembre de 2010
Despertar en medio de un sueño, y aun seguir en él.
Sobre las tres de la mañana las sábanas se ajaban sobre el lecho, como el deslizar de las olas al despuntar el alba, rompiendo sobre sus piernas tersas que caían por un lado de la cama casi contagiándose del húmedo frío que brotaba del suelo. Medio somnoliento, se dio media vuelta, aun sumido en el mismo sueño que estaba amenizándole la noche de una manera un tanto decorosa.
Eran un tumulto de hechos confusos, sus manos parecían difusas, entrelazándose con los finos dedos de unas manos femeninas que conocía a la perfección. Al cabo de un rato, los ojos de ella mostraban la añoranza de un momento desestructurado en el pasado, un miedo entelerido por los dolorosos recuerdos que la arrastraban y tiranizaban sus ganas de besarle. Con certeza y decisión, él, rompió con un gesto fugaz el miedo que le oprimía su capacidad motora y, como si de la seda se tratase, acarició su pelo entornando los ojos y respirando con profundidad el fino hilo de olor aromático que brotó de las inmediaciones de ella. Los dedos de él se hicieron vigorosos, intranquilos, fruto de un anhelo que nada tenía que ver con la mocedad y sus desagravios, sino más bien con el amor puro y verdadero. Al sentir su fino tacto, ella se estremeció y mientras él deslizaba sus dedos entre los jirones de su pelo, ella mostraba una sonrisa tímida y nerviosa que quedó frenada con el dedo pulgar de él acariciando sus labios. Hubo un silencio corto en cuyos segundos se entrelazaron las ganas y el deseo; una fuerza devastadora que nada tiene que ver con el hedonismo; un sentimiento irrefrenable que voló y se instauró en sus miradas creando una pasión macerada por sus labios que, con cada instante, se aproximaban más. Sintieron el fulgor del amor, la esencia de un bienestar capaz de ningunear al sexo más puro, incluso capaz de tratar de tú a tú al placer más íntimo derivado de un orgasmo de placeres. Fueron sólo segundos de silencio. Y cuando se propusieron besarse él despertó del sueño.
Sintióse arropado por la quejumbre, y aun con los ojos cerrados y frotándose el rostro con las manos, se irguió. Y mientras lentamente abría los ojos, pudo sorprenderse al comprobar que estaba en el mismo sitio donde había estado en sus sueños. Con la misma compañía, y con las mismas ganas de besarla.
Eran un tumulto de hechos confusos, sus manos parecían difusas, entrelazándose con los finos dedos de unas manos femeninas que conocía a la perfección. Al cabo de un rato, los ojos de ella mostraban la añoranza de un momento desestructurado en el pasado, un miedo entelerido por los dolorosos recuerdos que la arrastraban y tiranizaban sus ganas de besarle. Con certeza y decisión, él, rompió con un gesto fugaz el miedo que le oprimía su capacidad motora y, como si de la seda se tratase, acarició su pelo entornando los ojos y respirando con profundidad el fino hilo de olor aromático que brotó de las inmediaciones de ella. Los dedos de él se hicieron vigorosos, intranquilos, fruto de un anhelo que nada tenía que ver con la mocedad y sus desagravios, sino más bien con el amor puro y verdadero. Al sentir su fino tacto, ella se estremeció y mientras él deslizaba sus dedos entre los jirones de su pelo, ella mostraba una sonrisa tímida y nerviosa que quedó frenada con el dedo pulgar de él acariciando sus labios. Hubo un silencio corto en cuyos segundos se entrelazaron las ganas y el deseo; una fuerza devastadora que nada tiene que ver con el hedonismo; un sentimiento irrefrenable que voló y se instauró en sus miradas creando una pasión macerada por sus labios que, con cada instante, se aproximaban más. Sintieron el fulgor del amor, la esencia de un bienestar capaz de ningunear al sexo más puro, incluso capaz de tratar de tú a tú al placer más íntimo derivado de un orgasmo de placeres. Fueron sólo segundos de silencio. Y cuando se propusieron besarse él despertó del sueño.
Sintióse arropado por la quejumbre, y aun con los ojos cerrados y frotándose el rostro con las manos, se irguió. Y mientras lentamente abría los ojos, pudo sorprenderse al comprobar que estaba en el mismo sitio donde había estado en sus sueños. Con la misma compañía, y con las mismas ganas de besarla.
domingo, 5 de diciembre de 2010
Amo la claridad, y no solo la de tus ojos.
Las mujeres que se andan por las ramas no aguantan mucho tiempo el equilibrio. Asi pues, cierto día se precipitan sobre un hombre al azar. El azar puede llevar a la gloria o a la hecatombe. Es una de sus reglas no escritas.
Por eso, prefiero buscar mujeres que anden sobre la tierra con pies de plomo: esas que huyen de las confusiones y solo tienen ganas de caer sobre mis brazos. De esas que quieren renacerme justo cuando había olvidado de que iba eso de la felicidad.
Por eso, prefiero buscar mujeres que anden sobre la tierra con pies de plomo: esas que huyen de las confusiones y solo tienen ganas de caer sobre mis brazos. De esas que quieren renacerme justo cuando había olvidado de que iba eso de la felicidad.
viernes, 3 de diciembre de 2010
Que dure lo que tenga que durar:
Hoy no tengo ganas de escribir.
La razón es clara. Mis achaques del corazón son los que me invitaban a la creatividad escrita, al juego sin reglas de la creación literaria. Hoy, sumido en mis propios pensamientos, he llegado a la conclusión de que he alcanzado algo de estabilidad en el trasfondo de mi dolor de sentimientos. Ya no me salen palabras de apoyo, ni siquiera puedo alentar a los entristecidos.
Tal vez me esté convirtiendo en un pusilánime con la palabra en la mano, con el boli manchando mis ojos de tinta; tal vez no soy más que un aficionado en el arte del intento de la transmisión de sentimientos, uno más entre un millón de habitantes de la tierra; un habitante que solo dice lo que piensa.
Y ahora mismo solo pienso en ser feliz, por lo que no quiero arriesgarme a usar palabras que puedan haceros tiritar, bajo el frio seco de la envidia.
La razón es clara. Mis achaques del corazón son los que me invitaban a la creatividad escrita, al juego sin reglas de la creación literaria. Hoy, sumido en mis propios pensamientos, he llegado a la conclusión de que he alcanzado algo de estabilidad en el trasfondo de mi dolor de sentimientos. Ya no me salen palabras de apoyo, ni siquiera puedo alentar a los entristecidos.
Tal vez me esté convirtiendo en un pusilánime con la palabra en la mano, con el boli manchando mis ojos de tinta; tal vez no soy más que un aficionado en el arte del intento de la transmisión de sentimientos, uno más entre un millón de habitantes de la tierra; un habitante que solo dice lo que piensa.
Y ahora mismo solo pienso en ser feliz, por lo que no quiero arriesgarme a usar palabras que puedan haceros tiritar, bajo el frio seco de la envidia.
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