sábado, 19 de noviembre de 2011

El Hombre es iluso por naturaleza:

Lo he estado pensando seriamente y, si yo tuviera un perro, le hablaría en francés. El español no se entiende bien, es un idioma muy confuso y ya bastante confusión tienen los pobres chuchos persiguiendo su propio rabo como para que les demos ordenes en una extraña lengua. Además, el otro día me percaté de que, en ocasiones, el melifluo balbuceo del habla francesa se asemeja a la peculiar sonoridad de un ladrido perruno.
En casa cuento estas ideas mías y me dicen que estoy loco de remate. Y yo les digo que estoy de acuerdo. 
A veces se me ocurren otras cosas y a mi padre le hacen gracia. Yo no lo entiendo, no eran ningún chiste. Tal vez soy un pobre incomprendido o un ser amordazado por la vesania de tantas experiencias desastrosas. 
No me gusta nada cuando mi padre me dice que soy un iluso. Esto suele ocurrir ya cayendo la noche, cuando le entra la corazonada de que le va a tocar la lotería y se sienta en el sofá, frente a la tele, a contemplar su suerte rodando en forma de números. Siempre me promete lo mismo si la suerte le sonríe: un coche para ti, Alejandro. No se entera. Yo no quiero un coche. Me ofrece su fortuna en forma de trasto de hierro y yo me siento a su lado con los labios apretados y un zumbel de ira en la cara: yo quiero una canoa. 
Afirmo esto como en un susurro y a mi padre le entra la risa. Él es un tipo demasiado simple como  para entenderme, para entender que mis pies son el mejor medio para llevarme a cualquier parte excepto por encima del agua: ¡por eso quiero una canoa! Porque en la calle hay miles de personas y mi sueño es llevarle, a ella, a cualquier lugar a la deriva flotando entre el valls de las aguas. Que yo reme y ella me haga cosquillas en la espalda o me bese la nuca. Pero esto mi padre no lo entiende. Tampoco entiende que aún siga enamorado de ella. Me dice que acepte que ya se ha acabado, que no hay nada más que hacer. Es en esos momentos cuando veo en sus ojos al hombre que cada noche espera que le toque la lotería y pienso que tal vez soy un poco como él: un iluso que espera con ansia que algo ocurra aún a sabiendas de que las posibilidades son mínimas. Pero ojo, si ella volviese a mis brazos, nunca le ofrecería algo sencillo, simplemente le daría felicidad en estado puro, algo que la gente prácticamente tiene ya olvidado.

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