Solo se me ocurrió saciar mi furia con algo que me revitalizara: el alcohol, veneno corrosivo pero eficaz en los malos momentos. Eché unos hielos como trocitos de mi ser para enfriar aquel soso líquido que pronto acabó por embriagarme.
Y cuando ya no quedaba ni una gota de este maléfico veneno, comprendí por qué mi cuerpo se estremecía cada vez que ella se acercaba a mí como si una ventolera de frío me hubiese azotado.
Comprendí que su alentadora conducta me había dejado helado, y que solo me salvaba de mi propia hecatombe su actitud de mujer fría y calculadora. Yo era un ser de hielo, ella esa frialdad que me mantenía con vida.
Así pues, al igual que cuando el frío se aleja del hielo de él brotan gotas producto del derretimiento, cuando ella se alejaba de mí brotaban gotas de mis ojos, fruto del derretimiento de mi helado corazón.
Buena comparación con la bebida destilada...
ResponderEliminarY perfecto último parrafo.