Cuando solía cerrar la puerta de tu habitación con sigilo, para que tu padre no se despertase, enmudecías cada vez que te susurraba vocablos inertes en lengua francófona.
Sentada en la cama apoyabas tu espalda contra la pared y mirabas desde la distancia cómo iba hacia ti andando de puntillas.
Siempre llevabas un extraño mejunje de colores como atuendo, y una sudadera bastante holgada por la que solo sobresalían tus finos dedos. La noche la llevabas en la mirada y el día en tus sonrisas ocultas.
Llevabas en tus labios mariposas que cuando me besabas revoloteaban en mi estómago.
En boca de Sarkozy el francés deja de ser bello.
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