Hoy, sin esperarlo, una mujer de esas que saben amar incluso con la luz apagada, ha utilizado algo de ironía para acusarme de lo siguiente mientras hablabamos con delicadeza acerca de las mujeres en general: "por eso me enamoré de ti, por tu manera de mandarnos a la mierda". Tal acusación gratuita me ha dejado algo pensativo e incluso tocado de mi propia moral. Me he quedado callado, sin saber muy bien qué decir, y sintiendo bajo mi vientre un mar de sensaciones nauseabundas hacia mí mismo. No he podido evitar reflexionar acerca de la veracidad de sus palabras, acerca de ese injusto trato impropio de alguien como yo.
Me he autodefendido ensalzando mi delicadeza, ese sin fin de actos o palabras premeditadas que me han salvado de ser odiado por el extenso mundo de la mente femenina.
Al cabo de un rato, me he sentido febril, incluso bastante descontento conmigo mismo. Pero he pensado, he valorado mi vida, he hecho balanza de los momentos que han marcado mi existencia, esos momentos que han supuesto un antes y un después en mi trato con las mujeres. Y (ojo) sin realmente considerarme un hombre de mal trato con las chicas, he llegado a la conclusión de que mi posible odio hacía ese símbolo desasosegante (♀) que tanto dolor me ha causado, radique de una mala experiencia en medio de un sin fin de momentos increibles. Asi pues, me he propuesto no generalizar y no pagar con un colectivo, la imprudencia de una mujer inigualable.
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