Si algo he aprendido a lo largo de mi vida es a no dejarme llevar por la euforia.
Nunca.
Jamás.
La euforia no es más que un torrente de emociones positivas que te llevan a la felicidad en uno de sus máximos grados. Incluso en ocasiones a uno le cuesta distinguir entre euforia y alegría. Para mí la diferencia es clarividente; la alegría es un sentimiento de bienestar en un grado básico. Un grado de andar por casa. Mientras que la euforia es el máximo exponente de la alegría cuando ésta tiene la cualidad de efímera. Es el punto más elevado al que uno puede aspirar ante una repentina felicidad.
Pero cuidado. Ten cuidado. La euforia te lleva hasta el cielo del optimismo, al lugar más alto del bienestar. Por lo que, siento decirte, que cuando tu euforia sea afectada por cualquier imprevisto, la caída sobre el abismo de la tristeza y el dolor, puede ser de las que no tienen parangón. De las que marcan eternamente.
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