viernes, 12 de noviembre de 2010

Los ilusos somos así.

Hoy, no se muy bien por qué, he decidido olvidarte de una vez por todas.
Lo decidí justo a la hora del almuerzo, envuelto en el ir y venir del aburrimiento profundo, solapando mis intenciones de decirte adiós para siempre con algo más que una mirada profunda y melancólica. Mi mente estalló en gritos de silencio. Cuando quise darme cuenta, mis ojos no veían más que trazos indescifrables de tiza, obra del ilustrísimo Granja que me miraba con cierto aire compasivo. Al cabo de un rato, algo desmotivado y sin entender mucho de que iba aquello que se entrelazaba de un lado al otro de la pizarra, quise recordarme que ya te había olvidado. Y al pensar en ese olvido volví a recordarte. Lógica aplastante. Y tanto que aplastante, desasosegante diría yo, quise llorar pero no lo hice con el fin de erigir con alteza mi infinitesimal reputación (si es que aun me queda). Granja se atusaba el bigote mientras mandaba a sus espectadores una mirada irrisoria. Nadie rió. Yo más bien tuve ganas de reír por no llorar, por no estrangular a nadie, por no ser infiel a mis principios de equidad, lo siento, tuve ganas de tambalear la estabilidad del buen ambiente, ganas de sentir la vida desde un punto vivaz; ganas de aplaudir en la cara de todos los compinches del viejo palabro " tristeza", de abanicar mi ira con mis puños bien cerrados.
No se oía más que el tac tac de la tiza contra el encerado. "Alguna gorda basura estará siendo impregnada sobre el tablero verde" pensé. Luego existí. Aunque hubiera preferida morir y desaparecer. O correr. Eso me hubiese encantado. Correr sin fin y desesperadamente sin rumbo alguno. Hacia ninguna parte, por ejemplo. Correr con ganas de chocarme contigo en la siguiente esquina para pedirte perdón y que me sonrías. Porque cuando amas a alguien tanto como para no poder dejar de pensar en ella ni un segundo, cuando la amas tanto que es imposible cesar su recuerdo en tu mente, entonces, merecerá la pena correr infatigablemente a por esa posibilidad casi inexistente que os tienda la mano hacia el edén de la felicidad.

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