Aún hay más.
Hay una mirada tonta reflejada en los escaparates de la ciudad, unos labios que anhelan los tuyos en los inestables ecos de esas mujeres que tanto gritan y tanto me molestan. Odio la histeria sin argumentos. También la soledad. Y luego resulta que suelo andar por las calles solo e histérico sin saber muy bien por qué. Dios mío, me odio a mí mismo.
La verdad es que no soy el único que me detesta. Hay un tipo con el cual me encuentro cada noche en el ascensor (justo cuando estoy pensando en ti) que no disimula su odio hacia mí. Es bastante maleducado. Suele gritarme insultos en francés (tal vez porque piensa que no le entiendo) y no duda en provocarme para que choque mi cabeza con el duro vidrio. Cuando me entran ganas de llorar no suelo mirarle, me da vergüenza y no puedo evitar resbalar encaramado a las paredes para acurrucarme en el suelo.
Al final siempre me gana y acabo llorando en cualquier rincón de mi cama. Porque, cuando llego a casa con el clarividente sentimiento de soledad, pienso en tantas veces que me has hablado de esa vida asquerosa que dices que llevas. Asquerosa es la muerte si llega tras una vida sin ti.
Es muy muy bonito.
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