miércoles, 22 de junio de 2011

Soy idiota. Y me vuelvo más aún cuando me miras.

Me quitaron lo que más quería: a ti. Y lo peor de todo es que yo no pude hacer nada por evitarlo, solo poner cara de tonto y mirar como besabas a otro que no era yo, con la misma sonrisa chispeante que ponías cuando te alzabas de puntillas para clavarme un beso. Así fue como me enteré de que ese silencio al que me sometías tenía una razón clarividente: ya no me querías, ahora te morías por los huesos de otro, no querías saber nada más de mí.
Fue duro aceptar que había perdido la batalla, la guerra e incluso las ganas de vivir, pero lo peor llegó unos meses después, una noche de esas en las que yo aún te quería como el primer día y trataba de evitar las calles por las que sabía que pasarías de la mano de otro, besando unos labios que no eran los míos. Me hallaba yo, pues, plácidamente acurrucado sobre un escalón de un portal céntrico cuando tú llegaste envuelta en lágrimas, apesadumbrada, entristecida,... Te pregunté una y otra vez qué te pasaba, pero eras (y eres) demasiado orgullosa como para contarme que, ese hombre que habías puesto en tu vida en mi lugar, te había echado de la suya. Qué paradójico encontrarme contigo justo en esos momentos,... qué curioso que te fueses de mis brazos para buscar la felicidad en otra parte y ahora estuvieses llorando. Yo nunca te haría llorar.
Y entonces pensé en lo injusta que es la vida, en lo deplorable que resulta darse cuenta de que hay quién tiene lo que yo quiero y sin embargo no sabe aprovecharlo. Por qué narices hacen llorar a lo que yo quiero hacer feliz. Es frustrante no poder hacer nada al respecto

No hay comentarios:

Publicar un comentario