Fue duro aceptar que había perdido la batalla, la guerra e incluso las ganas de vivir, pero lo peor llegó unos meses después, una noche de esas en las que yo aún te quería como el primer día y trataba de evitar las calles por las que sabía que pasarías de la mano de otro, besando unos labios que no eran los míos. Me hallaba yo, pues, plácidamente acurrucado sobre un escalón de un portal céntrico cuando tú llegaste envuelta en lágrimas, apesadumbrada, entristecida,... Te pregunté una y otra vez qué te pasaba, pero eras (y eres) demasiado orgullosa como para contarme que, ese hombre que habías puesto en tu vida en mi lugar, te había echado de la suya. Qué paradójico encontrarme contigo justo en esos momentos,... qué curioso que te fueses de mis brazos para buscar la felicidad en otra parte y ahora estuvieses llorando. Yo nunca te haría llorar.
Y entonces pensé en lo injusta que es la vida, en lo deplorable que resulta darse cuenta de que hay quién tiene lo que yo quiero y sin embargo no sabe aprovecharlo. Por qué narices hacen llorar a lo que yo quiero hacer feliz. Es frustrante no poder hacer nada al respecto
No hay comentarios:
Publicar un comentario