No me gustan las prisas. Por eso escribo estas palabras despacito, masticando, en cada instante que tecleo, mis más fieles propósitos.
En esta vida hay miles de batallas. Unas cuantas se ganan y otras tantas se pierden pero, pase lo que pase, uno siempre acaba encontrando consuelo en el mal ajeno. Nos alivia aquello de que "siempre habrá alguien más jodido que nosotros" y creemos ser felices por ello.
Éste lenitivo sin contraindicaciones nos lleva a una implicación infinita que nadie sabe dónde termina, pero siempre habrá, en alguna parte del mundo, ese alguien que sea el eslabón final de esa cadena de personas tristes. Y entonces pienso en ese pobre hombrecillo o fémina deprimida que está apocada a más no poder, y me pregunto las razones de su estado de desgana.
Me estremezco solo de pensar que pueda existir alguien en un estado más deprimido que el mío propio, y me entristece más aún comprender que hay gente peor que yo. Y pienso que los hombres nunca vencen en la batalla de la vida, que quién siempre gana es el amor.
En esta vida hay miles de batallas. Unas cuantas se ganan y otras tantas se pierden pero, pase lo que pase, uno siempre acaba encontrando consuelo en el mal ajeno. Nos alivia aquello de que "siempre habrá alguien más jodido que nosotros" y creemos ser felices por ello.
Éste lenitivo sin contraindicaciones nos lleva a una implicación infinita que nadie sabe dónde termina, pero siempre habrá, en alguna parte del mundo, ese alguien que sea el eslabón final de esa cadena de personas tristes. Y entonces pienso en ese pobre hombrecillo o fémina deprimida que está apocada a más no poder, y me pregunto las razones de su estado de desgana.
Me estremezco solo de pensar que pueda existir alguien en un estado más deprimido que el mío propio, y me entristece más aún comprender que hay gente peor que yo. Y pienso que los hombres nunca vencen en la batalla de la vida, que quién siempre gana es el amor.
No hay comentarios:
Publicar un comentario