sábado, 28 de mayo de 2011

Nuestros lugares.

Lejos del ruido, los silencios saben a melancolía, las palabras a desorbitadas e inestables imprudencias. Luego me cuentas cosas al oído, en voz baja para no desestabilizar la tranquilidad, y se me pone la piel de gallina. Me agarras con fuerza, clavando tus pueriles dedos en mi costado, mirándome desde cerca con el estable brillo del nácar encerrado en tus ojos. Y entonces me acuerdo de por qué me enamoré de ti.

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