Cuando hube terminado de charlar con mi quiosquera favorita, crucé la calle hasta el descampado de La Merca. Allí no había más que un amarillento suelo polvoriento y árido repleto de piedras y florecientes hierbas malignas. Me hice con unas cuantas piedras y me las eché en el bolsillo procurando no manchar mucho mi camiseta. Al acabar, volví a pasar por el quisco de Rosa, pero esta vez no me paré a charlar sino que fui más allá, hasta el despacho de Juan y le saludé con la mano desde el otro lado de la cristalera. Allí me detuve y empecé a bombardear cada una de las farolas de la calle con mis piedras, provocando explosiones de cristales a causa de las bombillas. Cuando iba por la tercera farola Rosa salió corriendo de su habitáculo gritándome improperios. Pero yo no le escuchaba, tenía un objetivo y a eso de las siete y media ya había reventado las trece bombillas de la calle. Rosa me prestó una escoba a regañadientes mientras me tomaba por loco. Y barrí todos los diminutos cristales porque yo puedo ser muchas cosas pero no un cochino.
A las diez de la noche la calle estaba desierta y no había ni una gota de luz. Lo único que por allí lucía era la oscuridad sicodélica. Y entonces llegaste tú. Asustada por la oscuridad, me pediste que te guiase. Tapándote los ojos con las manos te llevé al lugar más recóndito de nuestra calle. Justo delante del portal número ocho había una manta blanca que yo había colocado con premeditación y allí nos tumbamos. Lo que la ausencia de luz no dejó ver fue que no dejé de sonreír desde que llegaste hasta que a la mañana siguiente te fuiste, pero sí que dejó ver esas gotitas de luz que brillan en el cielo y que la gente llama estrellas. Decías y dices que son como mis ojos. Y entonces me pongo romántico.
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