jueves, 12 de mayo de 2011

La realidad y sus desastres.

Mi tierra tiembla y yo tirito. Y al sur de la misma comunidad que me vio nacer, los afanosos quehaceres de una tarde cualquiera son el caos más rotundo. Todos lo han sentido, la tierra se ha movido sin que nadie lo esperase y las gentes huyen de sus casas despavoridas buscando un lugar donde sentirse a salvo. Algunos de ellos lo consiguen, otros tantos esquivan a tientas a la muchedumbre y ofrecen sus brazos a los que yacen tumbados y heridos sobre el pavimento. Hay unos niños que lloran porque la tarde de juego y diversión empieza a tornarse un tanto apocalíptica, y los que no lloran, se aferran a las manos de sus madres con cara de oprimidos. En los entramados callejeros empiezan a acumularse escombros que empolvan los recuerdos de muchos hombres y mujeres que ven como pedruscos enormes caen desde las alturas golpeando a la gente, matando, hiriendo. Algunos gitanos lloran viendo como las mismas casas que cada día les han dado cobijo, se rebelan contra ellos con estruendos que saben a muerte.
Cuando la paz se recuperó, un nuevo temblor me hizo tiritar. La tierra nunca está satisfecha cuando se propone matar, y muchos viandantes que ya se creían a salvo, se vieron sorprendidos por nuevos edificios derrumbándose y marcando el fin de sus vidas; gente noble que solo quería vivir y sonreír, gente como nosotros que, sin que hayan podido hacer nada para evitarlo, han tenido la mala suerte de ocupar el trágico elenco de las víctimas de este triste desastre natural.
Yo siento un alivio egoísta en mi pecho al saber que los míos están bien, que lo han sentido, que han podido comprobar cómo la tierra se movía y las casas sufrían frenéticos temblores. Pero están vivos. Eso es lo importante. Entonces me asalta la tristeza. Y si les hubiera pasado algo....

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