viernes, 4 de febrero de 2011

Todos lo hemos sentido.



Él guardó silencio. Pero tuvo que pararse, porque de pronto Teresa se le quedó quieta, como dormida en los brazos. La rubia cabeza, despeinada, se apoyó en su pecho. Estaban bajo la luz de un farol. Manolo apartó con la mano los sedosos cabellos y acarició el rostro de Teresa, que emitió un zureo de paloma. Mirando este rostro ahora desmayado, exhausto, de niña vencida por el sueño y quién sabe qué emociones, el murciano sonrió bajo la amarilla luz del farol, sonrió tristemente, con un repentino sabor de ceniza en la boca.
Rozó suavemente sus labios entreabiertos mientras caminaban lentamente por un callejón lateral en dirección a los  muelles (quería que  la muchacha se despejara un poco antes de coger el volante) pero ella, restregándose como un gatito, le colgó los brazos al cuello y le obligó de nuevo a pararse. Le besó y le dijo: “Soy feliz”. Ahora estaban en lo más oscuro. Se oían palmas y un rasgueo de guitarra en alguna parte. Manolo pensaba que sólo iba a ser un rápido besuqueo, porque ella apenas se tenía en pie, pero aquella bruma rosada y blanca (fresa y nata) de su boca abierta resultó inesperadamente cálida, una dulce esponja húmeda que se adhería y cedía, y él, atrayendo a la muchacha hacia sí, le devolvió ávidamente los besos. Teresa, con un brillo azulino y lúcido en los ojos, fue retrocediendo despacio hasta apoyar la espalda contra la pared, donde las manos de él quedaron momentáneamente aprisionadas, verificando un delirio con los dedos: bastaba deslizarlos arriba y abajo y comprobar la ausencia de la cinta para imaginar una vez más la vibrante desnudez, la trémula libertad de los pequeños pechos bajo la blusa. Ahora lo atrajo ella, adelantando las pueriles caderas de colegiala con un gesto alegre y deliciosamente obsceno. Dejó que las manos de él acariciaran sus muslos, subiendo, y de pronto sus sentidos se llenaron a rebosar de una miel deslumbrante. “No, aquí no...” murmuró al sentir la boca quemante en sus hombros, en su cuello. Y echaba la cabeza hacia atrás, con una nerviosa sacudida, y volvía a él desde lo oscuro, ofreciéndole los labios temblorosos con una aspiración sibilante, mientras con los ojos parecía implorarle (acababa de decidirlo) que l a llevara a algún sitio, ser amada y suya hasta la muerte...
"Últimas tardes con Teresa" Juan Marsé



¿Qué es la pasión?
Es el mayor deseo del hombre. La mayor virtud de la mujer.
Un olvido intencionado de las distancias, de la separación de cuerpos, un asalto premeditado hacia el espacio vital del otro.
Es la lluvia sobre cuerpos que se besan, la nieve, el sol de la mañana, la luna y las estrellas de la noche; es el fuego interno, el deseo incontrolable, el llanto de alegría; es quién ningunea a lo moral.
Son las tardes de delirio, sobre una cama, sobre la hierba, sobre la fina arena de la playa, bajo una puesta de sol, bajo un cielo estrellado; es la raíz del romanticismo, un romanticismo que dará paso al amor.
Es una necesidad imperiosa, besarse y poseerse sin pensar. Es apagar la luz, y aprovechar que los ojos no ven para que la imaginación actúe sin remordimiento alguno.
Es un adiós que no quieres que llegue, un hola que deseas, una mirada perdida que busca un amor en vida, un estrechamiento de cuerpos, las ganas, la respiración entrecortada.
Es sentarse a la deriva, jugar al despiste, ironizar la verdad de la vida, reírse de pasión o de amor.
Es un sentimiento prohibido, para el que no tiene corazón
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