Aquel día en que llovía, había perdido toda esperanza de que saliera el sol. Pero su presencia lo precipitó en el cielo. Y aunque había creído durante toda mi vida que ella ni me miraba, ni tenía intenciones de sonreírme o de dirigirme palabra alguna, parece ser que en sus sueños siempre lo hacía. Pero era su personalidad dubitativa lo que le había impedido acercarse a mí con anterioridad. ¡Cuánto me alegro de que se diera cuenta de que yo también la quería!
Y como quiso que juntos fuéramos uno, me llenó de dones. Me dio el don de mirarla, el don de hablarla, el don de palparla, el don de escucharla, el don de probarla,...
Quizás ahora comprendas por qué me llaman Don Alejandro.
Y como quiso que juntos fuéramos uno, me llenó de dones. Me dio el don de mirarla, el don de hablarla, el don de palparla, el don de escucharla, el don de probarla,...
Quizás ahora comprendas por qué me llaman Don Alejandro.
Pero bueno, nací estúpido y así moriré. Así que para qué contaros que volví a perder lo que más quería. Por idiota. Lo perdí todo.
Incluso recuerdo que una tarde anduve hasta una calle sin salida, una calle solitaria, solo para llorar. Y justo cuando me había decidido a irme, me obstruyó el paso un camión de la basura. Así que no cesé el llanto. Y cuando tuve el valor suficiente me quise proponer a mí mismo que serian las últimas gotas de llanto que derramaría por ella. Pero resulta que la calle ya estaba libre y se me habían quitado las ganas de mentir.
Incluso recuerdo que una tarde anduve hasta una calle sin salida, una calle solitaria, solo para llorar. Y justo cuando me había decidido a irme, me obstruyó el paso un camión de la basura. Así que no cesé el llanto. Y cuando tuve el valor suficiente me quise proponer a mí mismo que serian las últimas gotas de llanto que derramaría por ella. Pero resulta que la calle ya estaba libre y se me habían quitado las ganas de mentir.
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