Como en septiembre aún vivía en un pasado abúlico, alimentando mis días con la esperanza de que ella volviese a mis brazos, decidí escribir dos textos para el día de mi 19 cumpleaños: uno (el que me temía que saldría a la luz) era fruto de la desesperación por su continuada ausencia. Era un texto más llorado que escrito, un continuo ir y venir de sentimientos que se hundían (si no lo estaban ya) bajo el dolor de los días. Una clarividencia patente en el sinvivir de los momentos que ahora se repetían un año después. El otro (me costó escribir éste, me resultaba bastante irreal pensar que ella volvería) estaba cargado de optimismo, de alegría, de sentimientos que me adulaban a mi mismo; sin lugar a duda, este texto era la alegría hecha tinta. Hoy puedo decir que, por suerte, saldrá a la luz el segundo de los textos, el otro, con su triste belleza y su literatura pausada, morirá con mi mente, será como desechar lo malo, porque en efecto, TE TENGO.
En el tierno elenco de los males, junto al trasiego fervor del discreto crecer, su cuerpo no parece desarrollarse a la velocidad que lo hace el mío. Mi tiempo no se detiene, tampoco mis ganas de besarla.
Hoy me hago más mayor, y ella, sin embargo, sigue pareciéndome tan pequeña y encantadora como siempre. Sus manos son enanas, pero con ellas puede apretarme tan fuerte que incluso consigue que me sienta adherido a la mismísima felicidad. Me enamora su presencia. También lo hizo su ausencia. A fin de cuentas dicen (digo) que el amor, si es del verdadero, nunca llega a olvidarse; y a día de hoy ella me lo recuerda cada día, como si su voz fuese justo aquello que yo quiero oír. Porque quiero oír tu voz, pero también quiero oír la mía siendo eco de tus labios, diciéndote así, muy bajito y mirándote a los ojos, que no es triste el tiempo que hayamos perdido estando separados, sino que es alegre el tiempo que aún nos queda por aprovechar. Gracias por haber cumplido conmigo los 18, gracias por seguir aquí en mis 19.
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