martes, 22 de febrero de 2011

Lo de que yo encontré la perfección es empírico.

En mi lista de lugares románticos a los que ir, también está el Burguer King. Puede sonar a broma, pero ni mucho menos: dos sillas y una mesa en un rincón, cara a cara, pueden resultar la mar de acogedoras e íntimas; puede ser el lugar perfecto para mirarse a los ojos y charlar de cosas de enamorados. Por no hablar de la excusa perfecta. Para mí, la excusa perfecta ha de reunir tres requisitos:
El primero: ser una excusa (lógicamente).
El segundo: que ella esté implicada (de ahí lo de perfecta).
Y el tercero: que la perfección de mi tierna fémina no le permita tener la capacidad de eludir mi excusa.
Así pues, me haré el distraído mientras, sorbiendo lentamente mi refresco, ella empiece a devorar sin contemplaciones lo que quiera que se haya pedido.  
Voilà! 
He aquí la excusa perfecta: algo de Kétchup se asoma por la comisura de sus labios, podría decirle que se limpie con una servilleta, pero mis labios también tienen la virtud de hacer desaparecer molestas manchas de Kétchup. Y el lento sorber de mis labios sobre el intenso sabor de la mancha roja acabará en un romántico beso. Demostrado.

Si ella hubiese leído esto antes de que ayer le cediese todos mis sobres de Kétchup, tal vez se lo hubiera pensando antes de pringotear su hamburguesa sin contemplaciones. Me miraba extrañada cuando ya estaba terminando de masticar: "¿Tengo algo?" preguntó señalando sus labios. Y le cambié una pequeña mota de Kétchup por un sinfín de besos que nos llevaron a la ciudad bien agarraditos. Gracias a esto, ahora sé de primera mano que le gustan las calles empedradas. A mi también me encantan porque me recuerdan a ella; me recuerdan a los momentos en los que ella no se dedica a pensar, sino que me da tirones del brazo porque me he quedado algo rezagado al andar. Tiene razón, me he quedado embobado arrastrando la palma de mi mano por el abrupto tacto de la muralla, como sumido en un ensueño del cual despierto cuando se gira quejumbrosa pidiéndome que acelere el paso.
"Vive más despacio" Le dije una vez. Y como si el siroco de la tarde fuera un vendaval ahumado, chamuscado por los guetos más clandestinos, su mirada se llenó de algo de dolencia; está claro que no le gusta que le recriminen nada. Pero yo salí del paso: "Si vas tan deprisa me quedaré sin tiempo para amarte"

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