sábado, 26 de febrero de 2011

Cayó el recuerdo en sus mentes, pero eso no evitó que ambos se precipitaran sobre el espeso roce de la hierba. Y aún sumidos en un ensueño pidieron perdón por no haberse besado antes.

martes, 22 de febrero de 2011

Lo de que yo encontré la perfección es empírico.

En mi lista de lugares románticos a los que ir, también está el Burguer King. Puede sonar a broma, pero ni mucho menos: dos sillas y una mesa en un rincón, cara a cara, pueden resultar la mar de acogedoras e íntimas; puede ser el lugar perfecto para mirarse a los ojos y charlar de cosas de enamorados. Por no hablar de la excusa perfecta. Para mí, la excusa perfecta ha de reunir tres requisitos:
El primero: ser una excusa (lógicamente).
El segundo: que ella esté implicada (de ahí lo de perfecta).
Y el tercero: que la perfección de mi tierna fémina no le permita tener la capacidad de eludir mi excusa.
Así pues, me haré el distraído mientras, sorbiendo lentamente mi refresco, ella empiece a devorar sin contemplaciones lo que quiera que se haya pedido.  
Voilà! 
He aquí la excusa perfecta: algo de Kétchup se asoma por la comisura de sus labios, podría decirle que se limpie con una servilleta, pero mis labios también tienen la virtud de hacer desaparecer molestas manchas de Kétchup. Y el lento sorber de mis labios sobre el intenso sabor de la mancha roja acabará en un romántico beso. Demostrado.

Si ella hubiese leído esto antes de que ayer le cediese todos mis sobres de Kétchup, tal vez se lo hubiera pensando antes de pringotear su hamburguesa sin contemplaciones. Me miraba extrañada cuando ya estaba terminando de masticar: "¿Tengo algo?" preguntó señalando sus labios. Y le cambié una pequeña mota de Kétchup por un sinfín de besos que nos llevaron a la ciudad bien agarraditos. Gracias a esto, ahora sé de primera mano que le gustan las calles empedradas. A mi también me encantan porque me recuerdan a ella; me recuerdan a los momentos en los que ella no se dedica a pensar, sino que me da tirones del brazo porque me he quedado algo rezagado al andar. Tiene razón, me he quedado embobado arrastrando la palma de mi mano por el abrupto tacto de la muralla, como sumido en un ensueño del cual despierto cuando se gira quejumbrosa pidiéndome que acelere el paso.
"Vive más despacio" Le dije una vez. Y como si el siroco de la tarde fuera un vendaval ahumado, chamuscado por los guetos más clandestinos, su mirada se llenó de algo de dolencia; está claro que no le gusta que le recriminen nada. Pero yo salí del paso: "Si vas tan deprisa me quedaré sin tiempo para amarte"

sábado, 19 de febrero de 2011

Esto ya no son más que recuerdos.


Aquel día en que llovía, había perdido toda esperanza de que saliera el sol. Pero su presencia lo precipitó en el cielo. Y aunque había creído durante toda mi vida que ella ni me miraba, ni tenía intenciones de sonreírme o de dirigirme palabra alguna, parece ser que en sus sueños siempre lo hacía. Pero era su personalidad dubitativa lo que le había impedido acercarse a mí con anterioridad. ¡Cuánto me alegro de que se diera cuenta de que yo también la quería!
Y como quiso que juntos fuéramos uno, me llenó de dones. Me dio el don de mirarla, el don de hablarla, el don de palparla, el don de escucharla, el don de probarla,...
Quizás ahora comprendas por qué me llaman Don Alejandro.
Pero bueno, nací estúpido y así moriré. Así que para qué contaros que volví a perder lo que más quería. Por idiota. Lo perdí todo.
Incluso recuerdo que una tarde anduve hasta una calle sin salida, una calle solitaria, solo para llorar. Y justo cuando me había decidido a irme, me obstruyó el paso un camión de la basura. Así que no cesé el llanto. Y cuando tuve el valor suficiente me quise proponer a mí mismo que serian las últimas gotas de llanto que derramaría por ella. Pero resulta que la calle ya estaba libre y se me habían quitado las ganas de mentir.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Miedo a la experiencia.



Anoche me inundó, me atavió los ojos del sufrimiento más innato; me sentía como un niño que no sabe el porqué pero se entristece y llora desconsolado: mi noche sucumbió a los buenos momentos. Fue el angustioso miedo. Lo sé. A veces se hace con el control de mis sentimientos y no puedo evitarlo, por más que intento evadirme de mis recuerdos y sentirme impulsado por la felicidad de mi presente, el sufrimiento que se instauró en mi sino desde que el silencio emanase de su boca se manifiesta de forma incontrolable.
En voz baja, con un susurro ahogado y melancólico, imploro que te necesito. Me siento solo en tu ausencia. Tengo tanto miedo. Tengo tanto miedo. Tengo tanto miedo. Quería que quedase claro, es la realidad; el gozoso sentimiento de felicidad ya me inundó una vez, por lo que ya sé lo que es caer desde lo más alto del amor. Sé lo que es estar meses y meses cayendo a través de un oscuro pozo sin fondo, sin poder encontrar la muerte de un sentimiento. Tengo tanto miedo. Tengo tanto miedo. Tengo tanto miedo. Hoy no puedo más, no puedo quererla más, no puedo sentirla tan distante o, de lo contrario, saltarán mis sospechas, me avasallará el mal trago de su ausencia. Es curioso que este miedo me inunde justo ahora, es curioso que algo tan pequeño como ella, pueda ser para mí, todo.

lunes, 14 de febrero de 2011

Yo no creo en San Valentín.

No hay razones para que hoy tenga que quererte más. Tampoco hay posibilidades: más es imposible.

sábado, 12 de febrero de 2011

C8. Tocado y undido.

Te quiero en todos los tiempos y modos del verbo.
"El soñador elegido" Mario Celimendiz (Xhelazz)

Como si mis ojos mirasen a un punto perdido, volando sobre el frio asfalto, así gasto ese tiempo en el cual te ausentas, ese tiempo en el cual lo único que deseo es que llegue el momento de volver a tenerte cerca.
Ahora que de nuevo vivo (antes no vivía, o sí, pero vivir un sinvivir no cuenta), aunque mi vida se limite a respirar tu aliento durante el escueto transcurrir de media hora, brota en mi mirada un brillo inequívoco que me delata, es difícil disimular que uno vive enamorado.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Mieux vaut tard que jamais.

El día 24 de septiembre del año 2010, no recuerdo muy bien a que hora, mi anodina vida invitó a mi mente a fantasear con las palabras; mi mente aceptó como otras tantas veces y tuvo la idea de, aun siendo pronto, escribir aquello que quería transmitir el día de mi cumpleaños (debería haber escrito esto ayer ya que fue el día de mi cumpleaños, pero no pude, lo siento).
Como en septiembre aún vivía en un pasado abúlico, alimentando mis días con la esperanza de que ella volviese a mis brazos, decidí escribir dos textos para el día de mi 19 cumpleaños: uno (el que me temía que saldría a la luz) era fruto de la desesperación por su continuada ausencia. Era un texto más llorado que escrito, un continuo ir y venir de sentimientos que se hundían (si no lo estaban ya) bajo el dolor de los días. Una clarividencia patente en el sinvivir de los momentos que ahora se repetían un año después. El otro (me costó escribir éste, me resultaba bastante irreal pensar que ella volvería) estaba cargado de optimismo, de alegría, de sentimientos que me adulaban a mi mismo; sin lugar a duda, este texto era la alegría hecha tinta. Hoy puedo decir que, por suerte, saldrá a la luz el segundo de los textos, el otro, con su triste belleza y su literatura pausada, morirá con mi mente, será como desechar lo malo, porque en efecto, TE TENGO.

En el tierno elenco de los males, junto al trasiego fervor del discreto crecer, su cuerpo no parece desarrollarse a la velocidad que lo hace el mío. Mi tiempo no se detiene, tampoco mis ganas de besarla.
Hoy me hago más mayor, y ella, sin embargo, sigue pareciéndome tan pequeña y encantadora como siempre. Sus manos son enanas, pero con ellas puede apretarme tan fuerte que incluso consigue que me sienta adherido a la mismísima felicidad. Me enamora su presencia. También lo hizo su ausencia. A fin de cuentas dicen (digo) que el amor, si es del verdadero, nunca llega a olvidarse; y a día de hoy ella me lo recuerda cada día, como si su voz fuese justo aquello que yo quiero oír. Porque quiero oír tu voz, pero también quiero oír la mía siendo eco de tus labios, diciéndote así, muy bajito y mirándote a los ojos, que no es triste el tiempo que hayamos perdido estando separados, sino que es alegre el tiempo que aún nos queda por aprovechar. Gracias por haber cumplido conmigo los 18, gracias por seguir aquí en mis 19.

viernes, 4 de febrero de 2011

Todos lo hemos sentido.



Él guardó silencio. Pero tuvo que pararse, porque de pronto Teresa se le quedó quieta, como dormida en los brazos. La rubia cabeza, despeinada, se apoyó en su pecho. Estaban bajo la luz de un farol. Manolo apartó con la mano los sedosos cabellos y acarició el rostro de Teresa, que emitió un zureo de paloma. Mirando este rostro ahora desmayado, exhausto, de niña vencida por el sueño y quién sabe qué emociones, el murciano sonrió bajo la amarilla luz del farol, sonrió tristemente, con un repentino sabor de ceniza en la boca.
Rozó suavemente sus labios entreabiertos mientras caminaban lentamente por un callejón lateral en dirección a los  muelles (quería que  la muchacha se despejara un poco antes de coger el volante) pero ella, restregándose como un gatito, le colgó los brazos al cuello y le obligó de nuevo a pararse. Le besó y le dijo: “Soy feliz”. Ahora estaban en lo más oscuro. Se oían palmas y un rasgueo de guitarra en alguna parte. Manolo pensaba que sólo iba a ser un rápido besuqueo, porque ella apenas se tenía en pie, pero aquella bruma rosada y blanca (fresa y nata) de su boca abierta resultó inesperadamente cálida, una dulce esponja húmeda que se adhería y cedía, y él, atrayendo a la muchacha hacia sí, le devolvió ávidamente los besos. Teresa, con un brillo azulino y lúcido en los ojos, fue retrocediendo despacio hasta apoyar la espalda contra la pared, donde las manos de él quedaron momentáneamente aprisionadas, verificando un delirio con los dedos: bastaba deslizarlos arriba y abajo y comprobar la ausencia de la cinta para imaginar una vez más la vibrante desnudez, la trémula libertad de los pequeños pechos bajo la blusa. Ahora lo atrajo ella, adelantando las pueriles caderas de colegiala con un gesto alegre y deliciosamente obsceno. Dejó que las manos de él acariciaran sus muslos, subiendo, y de pronto sus sentidos se llenaron a rebosar de una miel deslumbrante. “No, aquí no...” murmuró al sentir la boca quemante en sus hombros, en su cuello. Y echaba la cabeza hacia atrás, con una nerviosa sacudida, y volvía a él desde lo oscuro, ofreciéndole los labios temblorosos con una aspiración sibilante, mientras con los ojos parecía implorarle (acababa de decidirlo) que l a llevara a algún sitio, ser amada y suya hasta la muerte...
"Últimas tardes con Teresa" Juan Marsé



¿Qué es la pasión?
Es el mayor deseo del hombre. La mayor virtud de la mujer.
Un olvido intencionado de las distancias, de la separación de cuerpos, un asalto premeditado hacia el espacio vital del otro.
Es la lluvia sobre cuerpos que se besan, la nieve, el sol de la mañana, la luna y las estrellas de la noche; es el fuego interno, el deseo incontrolable, el llanto de alegría; es quién ningunea a lo moral.
Son las tardes de delirio, sobre una cama, sobre la hierba, sobre la fina arena de la playa, bajo una puesta de sol, bajo un cielo estrellado; es la raíz del romanticismo, un romanticismo que dará paso al amor.
Es una necesidad imperiosa, besarse y poseerse sin pensar. Es apagar la luz, y aprovechar que los ojos no ven para que la imaginación actúe sin remordimiento alguno.
Es un adiós que no quieres que llegue, un hola que deseas, una mirada perdida que busca un amor en vida, un estrechamiento de cuerpos, las ganas, la respiración entrecortada.
Es sentarse a la deriva, jugar al despiste, ironizar la verdad de la vida, reírse de pasión o de amor.
Es un sentimiento prohibido, para el que no tiene corazón
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