viernes, 24 de junio de 2011

Esta noche no vengas conmigo.

Lo primero, siempre soy yo el que acaba volviendo a casa a las tantas entre sollozos. Lo segundo, es porque te quiero.
Aún hay más.
Hay una mirada tonta reflejada en los escaparates de la ciudad, unos labios que anhelan los tuyos en los inestables ecos de esas mujeres que tanto gritan y tanto me molestan. Odio la histeria sin argumentos. También la soledad. Y luego resulta que suelo andar por las calles solo e histérico sin saber muy bien por qué. Dios mío, me odio a mí mismo.
La verdad es que no soy el único que me detesta. Hay un tipo con el cual me encuentro cada noche en el ascensor (justo cuando estoy pensando en ti) que no disimula su odio hacia mí. Es bastante maleducado. Suele gritarme insultos en francés (tal vez porque piensa que no le entiendo) y no duda en provocarme para que choque mi cabeza con el duro vidrio. Cuando me entran ganas de llorar no suelo mirarle, me da vergüenza y no puedo evitar resbalar encaramado a las paredes para acurrucarme en el suelo.
Al final siempre me gana y acabo llorando en cualquier rincón de mi cama. Porque, cuando llego a casa con el clarividente sentimiento de soledad, pienso en tantas veces que me has hablado de esa vida asquerosa que dices que llevas. Asquerosa es la muerte si llega tras una vida sin ti.

miércoles, 22 de junio de 2011

Soy idiota. Y me vuelvo más aún cuando me miras.

Me quitaron lo que más quería: a ti. Y lo peor de todo es que yo no pude hacer nada por evitarlo, solo poner cara de tonto y mirar como besabas a otro que no era yo, con la misma sonrisa chispeante que ponías cuando te alzabas de puntillas para clavarme un beso. Así fue como me enteré de que ese silencio al que me sometías tenía una razón clarividente: ya no me querías, ahora te morías por los huesos de otro, no querías saber nada más de mí.
Fue duro aceptar que había perdido la batalla, la guerra e incluso las ganas de vivir, pero lo peor llegó unos meses después, una noche de esas en las que yo aún te quería como el primer día y trataba de evitar las calles por las que sabía que pasarías de la mano de otro, besando unos labios que no eran los míos. Me hallaba yo, pues, plácidamente acurrucado sobre un escalón de un portal céntrico cuando tú llegaste envuelta en lágrimas, apesadumbrada, entristecida,... Te pregunté una y otra vez qué te pasaba, pero eras (y eres) demasiado orgullosa como para contarme que, ese hombre que habías puesto en tu vida en mi lugar, te había echado de la suya. Qué paradójico encontrarme contigo justo en esos momentos,... qué curioso que te fueses de mis brazos para buscar la felicidad en otra parte y ahora estuvieses llorando. Yo nunca te haría llorar.
Y entonces pensé en lo injusta que es la vida, en lo deplorable que resulta darse cuenta de que hay quién tiene lo que yo quiero y sin embargo no sabe aprovecharlo. Por qué narices hacen llorar a lo que yo quiero hacer feliz. Es frustrante no poder hacer nada al respecto

domingo, 19 de junio de 2011

Nosotros mismos somos nuestro peor enemigo.

Frente al espejo dije:
- Tú eres mi peor enemigo.
Y tras estas palabras se hizo un silencio incómodo que murió con el suave sonido de un movimiento fugaz y certero. Después, solo hubo confusión en el suelo: un charco de acidez pútrida envuelto en un color pasional y mortecino, cristales,dolor; un mar de pedacitos pequeños en cuyo interior se encontraba un reflejo diferente de la realidad; pedacitos que flotaban sobre el caudal de ira roja que brotaba desde mi puño...

viernes, 17 de junio de 2011

Los útlimos escalones del olvido.

Me siento identificado en su justa medida. Por varias razones.
Primero porque la gente habla del desamor como algo verídico y yo prefiero pensar que mienten, que, aquellos que insinúan que el amor se puede olvidar, son los mismos que aseguran que en otoño se caen las hojas. He visto árboles verdosos en pleno mes de octubre.
También he visto amores que siguen latiendo dentro del corazón sin importar cuánto tiempo haya pasado desde el último beso. Porque las hojas siempre acaban por salir de nuevo en los árboles, por eso, el amor siempre acaba volviendo a la mente cuando uno se acuerda de que en invierno hace demasiado frio como para no tener unos brazos que ofrezcan calor.

miércoles, 8 de junio de 2011

Mi vida es casi perfecta: solo me falta tenerte más aquí.

He de reconocer que me gustas bastante, incluso podría aventurarme a decir que te estoy empezando a coger cariño. ¡Qué narices! Que te quiero.

viernes, 3 de junio de 2011

Esta noche necesito de ti.

No me gustan las prisas. Por eso escribo estas palabras despacito, masticando, en cada instante que tecleo, mis más fieles propósitos.
En esta vida hay miles de batallas. Unas cuantas se ganan y otras tantas se pierden pero, pase lo que pase, uno siempre acaba encontrando consuelo en el mal ajeno. Nos alivia aquello de que "siempre habrá alguien más jodido que nosotros" y creemos ser felices por ello.
Éste lenitivo sin contraindicaciones nos lleva a una implicación infinita que nadie sabe dónde termina, pero siempre habrá, en alguna parte del mundo, ese alguien que sea el eslabón final de esa cadena de personas tristes. Y entonces pienso en ese pobre hombrecillo o fémina deprimida que está apocada a más no poder, y me pregunto las razones de su estado de desgana.
Me estremezco solo de  pensar que pueda existir alguien en un estado más deprimido que el mío propio, y me entristece más aún comprender que hay gente peor que yo. Y pienso que los hombres nunca vencen en la batalla de la vida, que quién siempre gana es el amor.