"Buenas tardes mi amor..." (Demasiado directo; suena sin contemplaciones)
"Hola, ¿qué tal? Hoy estás bastante guapa. Venía yo pensando que..." (Qué le importa a ella lo que yo viniese pensando, no la aburras)
Suspiré tras un largo trance en el cual no pensé nada, continué atusándome el pelo y mirando a todos lados esperando verla pronto. Se me anudaban los sentimientos bajo el vientre. No sabía muy bien qué decirle para hacer fidedignos mis sentimientos. Tenía tantas cosas que contarle que no sabía por donde empezar. Siete meses sin vernos, sin dirigirnos una palabra, sin poder mirarla a los ojos y ver ese brillo de felicidad que tintinea en sus pupilas cuando no puede disimular que me quiere.
Ella llegó unos cinco minutos tarde, moviendo sus pequeñas caderas al son del suave viento que hacia insinuante su corta falda, sus rubios mechones, sus rosados labios. Y, cuando hubo estancado sus pies en frente de los míos, se atusó los cabellos con algo de incredulidad al ver mi cara embobada. Yo en mi interior seguía mascullando como ajustar mis palabras a lo que realmente quería decir. No quería volver a estropearlo todo.
Antes de que yo pudiese reaccionar me agarró del brazo y me invitó a andar. Sus pasos eran el ritmo de un tacón contra el suelo, sus vocablos sonaban como eco en mi mente que volaba.
- ¿Me estás escuchando?
- Si, sí... - me apresuré a decir. Cómo poder asumir que desde que ella había llegado no podía quitarle ojo al suave contorno de sus piernas envueltas en una oscura tela y que, por lo tanto, no había escuchado ni media palabra de todo lo que me había dicho. ¡Estaba tan guapa! ¡Qué poder el de su presencia! Me hacía sentir como en un sueño el hecho de que después de tanto tiempo su voz y sus rutinarios recursos lingüísticos volvieran a sonar en mis oídos como un añorado cantar.
Y llegó mi momento. De repente un silencio incómodo se adueñó del ambiente. Me encantan los silencios incómodos. Todo el mundo sabe que cuando el amor fluye entre el esplendor de los sentimientos, la mente se estanca y cuesta encontrar la buena labia. Si ella no sabe qué decirme es porque está enamorada de mí.
Pero yo necesitaba arrancar mis palabras y asumir de una vez por todas que no había podido olvidarla; pero no sabía cómo empezar.
- ¿Puedo decirte una cosa?
El silencio nos chilló en el oído y ambos nos quedamos sordos. Pude darme cuenta de ello porque los dos pusimos esa cara de ambigüedad que denota confusión. Yo quería decirle que volviese a mis brazos, que, por favor, dejase ya de morderse el labio y me dejase que fuese yo el que le mordiese la lengua.
- Si, claro; dime
Ella rompió el silencio sin que yo realmente me lo esperase. Y entonces la pelota cayó en mi tejado y la presión se abalanzó sobre mí. Tenía que confesarlo todo; y rápido porque ella esperaba mi respuesta. ¿Cómo podía decirle todo lo que sentía? Eran tantas cosas. Necesitaba una respuesta, y con presteza. Mi labio inferior tembló. ¿Por dónde empezar? ¿Cómo hablar de todos los sentimientos que había experimentado durante su ausencia sin dejarme nada en el tintero?... de repente se me encendió la bombilla y dije algo rápidamente que resumió con la máxima precisión mis sentimientos:
- Te quiero.
Dos palabras que me devolvieron al mundo de la felicidad e hicieron que se pasase toda la tarde colgada de mi cuello. Toda la tarde fue poco tiempo.