miércoles, 30 de marzo de 2011

C

“Buenas tardes mi más fiel aceleradora de sentimientos. He venido a confesarte que me comporté como un imbécil..."(no, eso no; ¿por qué como un imbécil?)
"Buenas tardes mi amor..." (Demasiado directo; suena sin contemplaciones)
"Hola, ¿qué tal? Hoy estás bastante guapa. Venía yo pensando que..." (Qué le importa a ella lo que yo viniese pensando, no la aburras)

Suspiré tras un largo trance en el cual no pensé nada, continué atusándome el pelo y mirando a todos lados esperando verla pronto. Se me anudaban los sentimientos bajo el vientre. No sabía muy bien qué decirle para hacer fidedignos mis sentimientos. Tenía tantas cosas que contarle que no sabía por donde empezar. Siete meses sin vernos, sin dirigirnos una palabra, sin poder mirarla a los ojos y ver ese brillo de felicidad que tintinea en sus pupilas cuando no puede disimular que me quiere.
Ella llegó unos cinco minutos tarde, moviendo sus pequeñas caderas al son del suave viento que hacia insinuante su corta falda, sus rubios mechones, sus rosados labios. Y, cuando hubo estancado sus pies en frente de los míos, se atusó los cabellos con algo de incredulidad al ver mi cara embobada. Yo en mi interior seguía mascullando como ajustar mis palabras a lo que realmente quería decir. No quería volver a estropearlo todo.
Antes de que yo pudiese reaccionar me agarró del brazo y me invitó a andar. Sus pasos eran el ritmo de un tacón contra el suelo, sus vocablos sonaban como eco en mi mente que volaba.
- ¿Me estás escuchando?
- Si, sí... - me apresuré a decir. Cómo poder asumir que desde que ella había llegado no podía quitarle ojo al suave contorno de sus piernas envueltas en una oscura tela y que, por lo tanto, no había escuchado ni media palabra de todo lo que me había dicho. ¡Estaba tan guapa! ¡Qué poder el de su presencia! Me hacía sentir como en un sueño el hecho de que después de tanto tiempo su voz y sus rutinarios recursos lingüísticos volvieran a sonar en mis oídos como un añorado cantar.
Y llegó mi momento. De repente un silencio incómodo se adueñó del ambiente. Me encantan los silencios incómodos. Todo el mundo sabe que cuando el amor fluye entre el esplendor de los sentimientos, la mente se estanca y cuesta encontrar la buena labia. Si ella no sabe qué decirme es porque está enamorada de mí.
Pero yo necesitaba arrancar mis palabras y asumir de una vez por todas que no había podido olvidarla; pero no sabía cómo empezar.
- ¿Puedo decirte una cosa?
El silencio nos chilló en el oído y ambos nos quedamos sordos. Pude darme cuenta de ello porque los dos pusimos esa cara de ambigüedad que denota confusión. Yo quería decirle que volviese a mis brazos, que, por favor, dejase ya de morderse el labio y me dejase que fuese yo el que le mordiese la lengua.
- Si, claro; dime
Ella rompió el silencio sin que yo realmente me lo esperase. Y entonces la pelota cayó en mi tejado y la presión se abalanzó sobre mí. Tenía que confesarlo todo; y rápido porque ella esperaba mi respuesta. ¿Cómo podía decirle todo lo que sentía? Eran tantas cosas. Necesitaba una respuesta, y con presteza. Mi labio inferior tembló. ¿Por dónde empezar? ¿Cómo hablar de todos los sentimientos que había experimentado durante su ausencia sin dejarme nada en el tintero?... de repente se me encendió la bombilla y dije algo rápidamente que resumió con la máxima precisión mis sentimientos:
- Te quiero.
Dos palabras que me devolvieron al mundo de la felicidad e hicieron que se pasase toda la tarde colgada de mi cuello. Toda la tarde fue poco tiempo.

domingo, 27 de marzo de 2011

Soledad.

Soledad no es mi madre, ni mi abuela, ni mi tía, tampoco es mi hermana o una amiga de la infancia, es un sentimientos doloroso que emana del corazón ante la sensación de abandono. No conozco a nadie que no lo haya sentido nunca. También es verdad que yo no conozco a mucha gente comparado con todos los habitantes que pueblan la tierra.
Pero ayer (cayendo ya la noche, con la mirada perdida, viendo bancos solitarios y calado por una lluvia intensa) me aventuré a pensar en el pasadizo sin salida de la soledad; esa ausencia de un oído que te escuche o una mano que bordee tu hombre estrechándote con fuerza; el hecho de que todo lo que tengas sea nada. Y me sentí como tal, como un barco a la deriva que no llega a ningún puerto, tirado en mitad de la calle viendo a los coches correr apesadumbrados, solo, abandonado y muerto de frío. Pero a ellos eso no les importa. Ellos están preocupados porque llegan tarde a cenar, o vuelven a casa tras varios días sin ver a sus padres; ninguno de ellos se fija en ese joven que esta sentado en un resquicio de un portal, mirando al suelo para no ver a nadie.
- ¿Qué me cuentas?
Hablar con mi reflejo en un charco no fructifica. El viento mueve el agua creando pequeñas olas que no hacen más que difuminar mi imagen pero ni rastro de una respuesta. Qué triste es la noche cuando uno está solo. Suerte que los sentimientos son la plastilina de la vida: moldeables y sin una forma fija (cuidado con descuidar la plastilina del amor, ésta puede secarse y volverse dura. A este nuevo material se le llama odio). Menos mal que existe algo que puede hacerme olvidar el concepto de soledad. Y entonces me convierto en esos hombres que pasan rápido en sus coches. Soy uno más de esos despreocupados viandantes que no miran al pobre chico que está solo y triste. Pero bueno, ella quiere que le coja de la mano; luego me mira y  me embelesa. Y una vez ya hipnotizado con sus encantos, llega el momento en el cual me besa y me lleva al lugar donde la soledad no es más que un sentimiento ignominioso que la gente ya ha olvidado.

miércoles, 23 de marzo de 2011

El "arjé" de la felicidad

11/12/2009. Diario de un torpe:

Lo he estropeado todo poniendo mi fe ciega en un proyecto un tanto confuso. Soy idiota. Pero fue inevitable, la noche estaba fría y el alcohol no saciaba la suficiencia absoluta del corazón. Recordé unos ojos marrones embobados con el vaivén de mi sonrisa, unas manos vigorosas y sin contemplaciones haciéndose paso bajo el dulce tacto de mi ombligo y olvidé el porqué de la alegría de estos matices relevantes en mi bienestar.
Pronto me dejé caer en el presente, con una mano levantada, agitándola con fuerza hacia los lados, como enloquecido por el hilillo musical que estremecía mi cuerpo. Cuando quise darme cuenta ya no era dueño de mis actos, mi cuerpo se movía promovido por el placer de lo acuoso y prohibido, por las risotadas del enclave juvenil más allá de lo que mis ojos llegaban a apreciar con nitidez. Pero la confusión se hizo clara no muy tarde. Exactamente cuando ella entró por la puerta sumergida en la extraña behetría de su peinado idílico, dejando entre sus facciones un toque encantador a la par de dorado. Sus ojos eran el caer suave del mar contra las rocas, sus labios el mismísimo fervor del pecado, sus piernas quedaban recortadas por una insinuante falda que era el fin de una chaqueta en negro, una camiseta de tirantes en blanco y unas manos pequeñas pero provistas de una fuerza capaz de capitular mi dilema moral. Encorvaba las piernas con un gesto delicado dejando caer más una rodilla que la otra, dirigiendo sus pies hacia dentro, mostrándose un tanto nerviosa y dubitativa.
Cuando la noche cayó, me empujaron al pecado y yo me dejé. ¡Como para no dejarse! Imposible decir que no al dócil sonido de su voz en la lejanía, una lejanía que pronto se borró. Porque yo sé jugar al despiste. Y quise aparentar estar perdido para que ella me encontrase en la penumbra de un habitáculo de cuatro esquinas. Su aliento fluyó en mi oído y pronunció una invitación a que ambos saliésemos a la calle. ¡Que frio hacía! Pensé en pedirle calor pero la confianza entre nosotros aún era de carácter infinitesimal. Fuimos a parar a la complacencia de un banco calcáreo en medio de un parque olvidado, custodiados por las miradas de jóvenes embriagados por el alcohol que se hacían casi imperceptibles entre las sombras. Pero no nos importó. Yo prefería estar pendiente del espacio terso de sombra que se oscurecía detrás de su pequeña nariz, o de sus labios; para que cuando atisbase un pequeño resquicio de deseo en sus pómulos rosados, lanzarme a sus brazos pidiendo clemencia y que, por favor, no me hicéise esperar más por un beso.

viernes, 18 de marzo de 2011

Las reglas de mi mundo las pones TU.

¿Quién pone las reglas del mundo? ¿Quién establece a partir de cuanta altura podemos decir que algo está alto? ¿Quién sabe cual es la temperatura exacta para que algo pueda considerarse frio? ¿Cual es el baremo para medir lo divertido? ¿Cómo puedo saber cuando un camino es largo? ¿Cual es la velocidad que hace a algo poder ser considerado como rápido?
¿Quién dice que colores son los más bonitos?  ¿Quién establece que colores pegan entre sí y cuales no?
¿Quién es la persona que establece todas estas mediciones? Si eres tú esa persona y estas leyendo esto, por favor, déjame un comentario. Necesito urgentemente que me midas un nuevo sentimiento que se me anuda en la zona del estomago. Aunque creo que no serás capaz. Tengo la ligera sensación de que este amor que yo siento se sale fuera de los límites de lo mesurable.

domingo, 13 de marzo de 2011

El amor también es empatía.

Un enteco niño, entelerido, camina solo por la ciudad. Aquí, en España, le llaman negro. Si viviese en Camerún mucha gente le acusaría de demasiado blanco. No nos ponemos de acuerdo.
Le he visto caminar despacito y parecía triste, sus ojos dejaban ver algo de desasosiego en su mirada. "Seguramente está preocupado porque esa camisa que lleva puesta está demasiado sucia y le queda muy holgada" pensará la gente; nadie verá en su rostro la verdadera hambruna y desdicha, la falta de cuidados, la ausencia de amor.
Le he visto pasear por mi calle. Hace bastante frio para ir tan poco abrigado; y, mirándole con preocupación, me he preguntado qué hace ese pobre niño andando solo si ya son más de las doce de la noche. Parece no tener miedo de la gente, ni de la velocidad de los vehículos, le da igual si está permitido fumar en los bares o si la gente está quejumbrosa por culpa de no poder conducir a más de 110; a él lo que verdaderamente le preocupa es dónde va a dormir esta noche o qué comerá mañana. Se siente solo. Y con razón, porque en realidad lo está. Me recuerda a mi mismo cuando era niño, tan menudo, con mis pueriles manos, mi miedo a lo desconocido. Y pienso en mi vida si hubiese estado solo, sin alguien que me cuidase; y me da pena por ese pobre niño que anda con la cabeza agachada y no sonríe. Me gustaría hacerle cosquillas para que se riese, que deje ver al mundo que sabe sonreír pero no puede por sus circunstancias.
Ya ha doblado la esquina. Le he perdido de vista. Ha paseado lentamente por delante de mis narices pero no le he oído quejarse. Acaba de empezar a llover y me molesta porque voy a mojarme. Ese pobre niño también se va a mojar. Pobrecito.
No debe de andar  muy lejos con esos pasitos tan pequeños que daba, así que voy a correr a su encuentro, quiero saber dónde va a pasar la noche. Tal vez, si no tiene donde ir, pueda venirse conmigo. Me encanta hacer cosquillas a los niños.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Carta para ti:

Desde mi esquina dorada, he escrito cuatro líneas de amor dedicadas a tus ojos; pero hace ya rato que las he borrado.
Mi goma es nueva, de color rosáceo, me ha dejado el papel lleno de pequeños grumos. Cuando hube soplado, me decidí a escribir otras líneas, pero obtuve el mismo resultado: vengo de comprar otra goma.
Si te tuviese aquí, a mi lado, acurrucada sobre mi hombro, sabría perfectamente qué decirte al oído; me inspiran tus cabellos vistos desde el ángulo mas alto de mi mirada. Podría susurrarte miles de cosas, pero nunca sería capaz de borrar mis palabras, por lo que te pido perdón si te hago enfadar. Si te enfado, quéjate; regáñame; muérdeme el labio. Yo ya sé lo que es hacerse con el tacto de tus mofletes entre mis dientes. Como en el amparo de aquella noche, ¿Te acuerdas? Yo pensaba que me querías y me enteré de que me odiabas. Tendría que haberte mordido fuertemente para que cuando me olvidases el dolor te encomendase mis recuerdos. ¡Fui tan inútil! Para serte sincero, sigo siéndolo; a penas he cambiado. Ahora escribo en mis ratos libres, antes escribía justo después de estar contigo. Ya no hago eso. Podría ser el fin de mi afición literaria. La razón es bien sencilla: quiero estar contigo SIEMPRE.
Ahora estás ausente. Yo en mi esquina dorada creyéndote cercana, pensando que estás aquí y acaricias mi cuello. Deja mi cuello y agárrame con fuerza la mano, eso me hace sentir adherido a la vida, a tu vida. ¡Qué de tonterías digo! Si no estás. ¿Por qué te creo aquí conmigo? Serán mis ganas que están incontrolables. Vente conmigo. Sé que no me oyes pero, por favor, cariño, haz más dorada esta esquina, tráete tus cabellos, háblame con tu voz divina.
La luz nos sobra, duérmete sobre mi pecho.

martes, 8 de marzo de 2011

sábado, 5 de marzo de 2011

El miedo y el amor son fuerzas contrapuestas

Sobre las nueve menos dos minutos de la mañana de un miércoles como hoy, el carril bici de la universidad parece el Circuito de Montecarlo en estado puro. Los pies frenéticos de mujeres y hombres anónimos se tensionan e imprimen mayor potencia en sus pedales con el único propósito de no llegar tarde a sus lecciones. Por aquel entonces a mí aún me queda un largo tramo de acera por recorrer hasta llegar a mi clase. Hoy llegaré tarde. Pero no pasa nada. Los profesores también tienen miedo, también son personas, ellos saben perfectamente lo que es cruzar las calles contemplando esos destellos ígneos que se mueven de un lado a otro sintiéndose uno un tanto perplejo. Sobre las nueve y dos minutos ya no hay rastro de los ciclistas presurosos. Ahora se pueden ver a los que, como yo, ya han asumido que van a llegar tarde por lo que no pedalean con ímpetu, sino que más bien parecen pasear bajo los primeros destellos de la mañana.
Alrededor de las nueve y cuarto una sonrisa fidedigna se ha instaurado en mi semblante. Hacía ya un rato que había decidido (voy a ser irónico), a regañadientes, que no iba a asistir a mis clases de hoy. Bajé, pues, por el entramado de las calles pensando en mi rocambolesca vida y en una sonrisa de esas que no tienen parangón. Y me detuve delante de un escaparate. Y entré en la tienda y compré rosas. Rosas rojas. Y abordé la ciudad con mis pies, a pasitos lentos, sonriendo.
"Cállate" me dije tras cuatro horas seguidas en silencio, paseando por la ciudad a solas, sin más compañía que mis ganas de que llegase el momento de verla. Pero no llegó. Porque la tarde se turbó de un gris oscuro, mis manos se hicieron débiles, y por culpa de mis recuerdos y mi pasado, no pude impedir acomodarme en un banco en cualquier parte y llorar de pena por todos los malos recuerdos.
Ésta hecatombe personal empezó como un dolor anecdótico, y me senté en un parque a descansar. Aún agarraba con fuerza mis rosas. Rosas rojas. Pero no pude controlar el miedo, mis recuerdos más dolorosos se aunaron y me hicieron desconsolarme provocando, sin remedio, que dejase caer las rosas, las cuales pisoteé en un descuido. Lloré durante un tiempo inconmensurable.
"Quédate conmigo..." dije en voz baja. Nadie me contestó; estaba solo. Y la soledad me entristeció aún más, había sido mi única compañera durante la ausencia de ella. 

“El pasado ya murió” pensé. Y como si de un abrazo de apoyo que procura dar fuerzas se tratase, se levantó una cálida ventisca que, abrazándome, me supuso mucho más que un alivio instantáneo.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Du bonheur à l'état pur.


He hablado de esto, de aquello, de lo otro, de prácticamente todo,... Pero cuando me propongo establecer la mesura de mis sentimientos, entonces, mi elocuencia se convierte en un balbuceo de asombro solamente entendible en el brillo de mi mirada.