Mi última oportunidad corría entre sus ojos como un rio dorado que iba a parar a sus parpados, cayendo lentamente por sus rosados pómulos hasta más allá del final de su rostro.
Mis palabras eran ineficaces; no había modo alguno de consolarle. Creo que era demasiado orgullosa; incluso se atrevió a decir que todo iba mal. Para mi no iba del todo mal. No sabía donde estábamos, supongo que en la periferia de la ciudad, ella algo llorosa, sentada junto a mi, acurrucada entre mis brazos y conteniendo la respiración ¿Dónde estaba lo malo?
Yo tenía ganas de que su consuelo fuera un beso que emanase de mi boca... ¡Pero ella estaba tan triste! Ni siquiera le consolaban mis besos en las mejillas, ni mis finos dedos escurriendo gotitas de lamento de sus ojos. Hasta que por fin me atreví a preguntarle qué era lo que le pasaba. Dudó en contestar, esperó hasta que se le pasase un poco el berrinche y mirándome a los ojos pronunció dos palabras que se salieron de mis afanosos pronósticos de respuesta: " te quiero". Que delirio, que imprevisibilidad; ¡que me pellizquen si estoy soñando! Mejor no me pellizques, déjame besarla antes de volver a la realidad.
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