Mi cuerpo es de plástico y cuando ella baila, mis deseos brotan por mi piel queriéndome arrastrar al pecado, me empujan hasta más allá de lo permitido, me invitan a la fricción bendita.
Mi cuerpo es de plástico y cuando ella baila, el amor es un sentimiento patente, un sentimiento capaz de ningunear al sexo, a la pasión, al frenetismo. El amor se convierte, entonces, en la razón del máximo placer.
Mi cuerpo es de plástico y cuando ella baila, mi plasticidad se entumece paulatinamente, se rasgan mis sustentos, se apagan mis sentidos y como por arte de magia, no puedo evitar precipitarme sobre sus labios.
Mi cuerpo es de plástico y cuando ella baila, se me entrecorta la respiración, se me extasían los sentidos. Es el preciso instante en el que se dispara mi felicidad, me chirrían los pensamientos comunes, y mi mente abandona lo esotérico para adentrarse en lo complejo. Mi poco sentido común quisiera parar el tiempo, que ella me bailase eternamente, que besase mis labios de plástico para siempre, bajo una multitud de segundos con ritmo. Sería, para mi anodina vida, ese fulgurante instante que marcaría un antes y un después. Mi plasticidad es engañosa, eso lo sabe todo el mundo, soy de aire si ella lo pide.
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