sábado, 7 de julio de 2012

Torpe yo.

Tu no decías muchas cosas. Que robabas la luna si hacía falta, pero que por favor dejase de llorar.
Recuerdo que aquella noche me miraste fijamente a los ojos, con un perenne sentimiento de culpabilidad en tu mirada. Tocabas mi pelo como si de un arpa se tratase y en tu pecho se oía el tintineo de tu corazón repicando. Estabas sufriendo por mi. Luego me agarraste fuertemente la cara y me besaste como si te fuese la vida en ello, me acariciaste las mejillas con el fino tacto de tu meliflua piel para luego más tarde balbucear un par de reclamos a la tranquilidad. Fue algo después cuando me callaste los labios una vez más, entreabriendo los ojos, con un dedo apoyado sobre mi nariz.
No hiciste mucho más aquella noche. Me diste un abrazo pletórico de fuerzas, de ganas, de amor, de deseo, de rabia; dejaste caer un par de gotas sobre tu rostro y me besaste toda la cara, una y otra vez, sin despegar tus manos de mi nuca. El último de los besos duró alrededor de cinco segundos, y fueron los cinco segundos más intensos de mi vida, los más increíbles. Después de eso te marchaste. Para siempre. Y tras tus pasos te persiguieron tus promesas, tus juramentos, todos los te quiero que dijiste que serían eternos, hoy ya no son más que tristes recuerdos.

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