Yo retrocedí un paso. Me había asustado. Pero no dudé, hurgué en mis bolsillos y tras unos segundos saqué una foto en la que se podía ver a una chica bastante guapa ataviada con un trasfondo de dulzura en la mirada. Sin titubear lo más mínimo entregué el retrato al joven muchacho que se hallaba tras el mostrador, quien examinó a la chica con curiosidad.
- ¿Qué quieres de esta chica?
No sabía muy bien qué pedirle. Era la primera vez que estaba en una tienda de sonidos.
No sé si alguna vez habéis estado en una, pero si en cierta ocasión os decidís por ir, pensaos qué vais a comprar antes de entrar; sobre la marcha resulta arduo y afanoso decidirse.
Yo me puse a pensar en diversos sonidos que me gustasen de ella: sus burlas, sus pesares, sus enfados, sus ironías... pero no, ninguno de esos sonidos me complacía.
- Su risa por favor.
Y cuando hube soltado mi apetencia, el dependiente se movió de su asiento para ausentarse. Al cabo de unos segundos volvió con una pequeña cajita que acercó a su oreja. Se quedó unos segundos escuchando el preciado sonido que provenía del interior del recipiente: la sonrisa de ella. Transcurrieron alrededor de diez segundos en los cuales el dependiente se quedó inmóvil, como alcanzado por un rayo de tranquilidad. Cuando terminó de escuchar me cedió la caja y murmuró unas simples palabras.
- Tienes suerte de conocer a una chica con una risa tan bonita.
Yo me avergoncé un poco.
- Si, la tengo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario