miércoles, 7 de diciembre de 2011

Tengo una máquina del tiempo.

Hoy me ha ocurrido una cosa muy curiosa. Me he puesto a revolver un viejo papeleo que tenía escondido en la alacena de mi habitación, hallando con grata sorpresa textos que yo mismo había escrito en mis quince y dieciséis años.
He estado un par de horas leyendo todos y cada uno de mis escritos dándome cuenta de que con el paso de los años he empeorado en mi arte literario, tal vez a causa de que por aquel entonces mi inocencia era mayor y mis letras más puras y verídicas.
Mis textos también me han provocado un alivio suave en el vientre, por un momento me he sentido en calma al leer todas y cada una de las oraciones que escribí en mi juventud para alentarme a mi mismo y, unos cuantas años después, aún seguían teniendo ese sabor a tranquilidad.
Hoy me siento algo mejor de mis problemas gracias al Alejandro del pasado, por sus escritos morales, por sus reflexiones profundas, por esa itinerante prosa que vagaba entre la cumbre de lo idílico, buscando soluciones a la ausencia de una mujer que le quisiese sin ánimo de tirar del pasado, porque al fin y al cabo esa palabra denota un hecho pasado e irrecuperable.

No hay comentarios:

Publicar un comentario