Cuando escribo soy capaz de parar el tiempo, incluso de evocar el futuro. Agarro los momentos con fuerza y los moldeo a mi antojo, les doy una forma u otra. Puedo hacer que una triste realidad se esfume, que en mi papel solo abunden sonrisas. También sé como crear un día nublado, conjurar repentinamente la salida del sol, sentirme inundado por un calor complaciente o un frío incómodo.
Soy un Dios sobre el papel. Si quiero muere gente y si me aburro hago que otros nazcan; puedo hacer que una semilla de manzano crezca y dé manzanas en tan solo seis segundos. Cuando me quedo en blanco, emborrono la hoja con vocablos extraños creando una realidad confusa. Por las noches puedes incluso pillarme melancólico; en esos momentos acostumbro a hacer cosas imposibles como crear mujeres que me amen y yo a ellas. Si no sé qué escribir pienso durante un rato, me quedo en silencio, contemplando detenidamente la realidad vivida para transformarla en una ilusión en tinta, cojo aire y, risueño, construyo castillos en mi propia habitación, invento a mujeres que jamás he visto o arruino a hombres adinerados.
Algunos días juego a ser una mera realidad ficticia. Me transformo en un personaje inventado, cambio a mi gusto mi cuerpo e incluso puedo volar por la ciudad. ¡Me encanta pisar el cielo como si fuese arena!
Puedo cambiarlo todo, empeorarlo todo o mejorarlo todo, menos su belleza, que es inconmensurable.
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