lunes, 19 de septiembre de 2011

Haciendo el Lelo por mucho más que diversión.

La segunda noche llegó con ávida presteza. Para entonces, el estremecedor mejunje que envolvía el suelo, no era más que un lugar sobre el que sostenerse y no apagarse en ganas. No importaba el astroso entorno o la precariedad en cuanto a comodidades, lo que realmente allí primaba era una agradable compañía y la escasa luz de medianoche. Desde que había llegado, la behetría, representaba un toque delicado a la par de desastroso, lo cual hacía más patente un verídico sentimiento de confianza, un sentimiento de aprecio que ninguno de los dos podíamos olvidar.
También había un corazón de luceros en el suelo, una camiseta abandonada junto a una vieja maleta y su cuerpo que yacía inmóvil sobre un colchón hinchable algo incómodo. Por allí cerca estaba yo, con la espalda apoyada sobre la fría pared, con la mente perdida entre un millón de divagaciones, con la extraña sensación de estar mareado por tantas vueltas que da la vida. Y, contemplando la delicadeza con la que dormitaba, sin dejar de pensar en su suave respiración de dormida, ni en ese pequeño lunar que tiene bajo la comisura izquierda de la boca, decidí que había llegado el momento de empezar a luchar, de entregarme, de preocuparme por aquellos que estarían dispuesto a hacer lo mismo por mí, dejando a un lado a todas aquellas personas que me importan, pero que en su vida ocupo el último peldaño en su elenco de prioridades.

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