viernes, 30 de septiembre de 2011

Solo frente al papel, puedo jugar a ser Dios.

Cuando escribo soy capaz de parar el tiempo, incluso de evocar el futuro. Agarro los momentos con fuerza y los moldeo a mi antojo, les doy una forma u otra. Puedo hacer que una triste realidad se esfume, que en mi papel solo abunden sonrisas. También sé como crear un día nublado, conjurar repentinamente la salida del sol, sentirme inundado por un calor complaciente o un frío incómodo.
Soy un Dios sobre el papel. Si quiero muere gente y si me aburro hago que otros nazcan; puedo hacer que una semilla de manzano crezca y dé manzanas en tan solo seis segundos. Cuando me quedo en blanco, emborrono la hoja con vocablos extraños creando una realidad confusa. Por las noches puedes incluso pillarme melancólico; en esos momentos acostumbro a hacer cosas imposibles como crear mujeres que me amen y yo a ellas. Si no sé qué escribir pienso durante un rato, me quedo en silencio, contemplando detenidamente la realidad vivida para transformarla en una ilusión en tinta, cojo aire y, risueño, construyo castillos en mi propia habitación, invento a mujeres que jamás he visto o arruino a hombres adinerados.
Algunos días juego a ser una mera realidad ficticia. Me transformo en un personaje inventado, cambio a mi gusto mi cuerpo e incluso puedo volar por la ciudad. ¡Me encanta pisar el cielo como si fuese arena!
Puedo cambiarlo todo, empeorarlo todo o mejorarlo todo, menos su belleza, que es inconmensurable.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Supongamos tonterías.

Pasarán los años, y tú seguirás besándote con desconocidos, aumentando mi lista de enemigos, haciéndome creer que mi vida no es más que un mal sueño. Muchos de ellos te harán feliz, pero sé a ciencia cierta (conozco muy bien a los hombres) que pronto te romperán el corazón, amordazando tus palabras, envolviéndote en la mayor penuria que existe.
Y con el tiempo verás que por muchos años que pasen, por mucho dolor que me causes, yo estaré siempre aquí, esperando a que te des cuenta de que podemos jugar a que yo soy un desconocido, y que puedes enamorarte de mí sin miedo a perder.

lunes, 19 de septiembre de 2011

Haciendo el Lelo por mucho más que diversión.

La segunda noche llegó con ávida presteza. Para entonces, el estremecedor mejunje que envolvía el suelo, no era más que un lugar sobre el que sostenerse y no apagarse en ganas. No importaba el astroso entorno o la precariedad en cuanto a comodidades, lo que realmente allí primaba era una agradable compañía y la escasa luz de medianoche. Desde que había llegado, la behetría, representaba un toque delicado a la par de desastroso, lo cual hacía más patente un verídico sentimiento de confianza, un sentimiento de aprecio que ninguno de los dos podíamos olvidar.
También había un corazón de luceros en el suelo, una camiseta abandonada junto a una vieja maleta y su cuerpo que yacía inmóvil sobre un colchón hinchable algo incómodo. Por allí cerca estaba yo, con la espalda apoyada sobre la fría pared, con la mente perdida entre un millón de divagaciones, con la extraña sensación de estar mareado por tantas vueltas que da la vida. Y, contemplando la delicadeza con la que dormitaba, sin dejar de pensar en su suave respiración de dormida, ni en ese pequeño lunar que tiene bajo la comisura izquierda de la boca, decidí que había llegado el momento de empezar a luchar, de entregarme, de preocuparme por aquellos que estarían dispuesto a hacer lo mismo por mí, dejando a un lado a todas aquellas personas que me importan, pero que en su vida ocupo el último peldaño en su elenco de prioridades.