Aquí no hay nada. Tal vez cuatro casas mal contadas y un árbol lustroso que peca de poco humilde creyéndose mejor por su aspecto frondoso. También hay un fuerte viento con sabor a soledad y a desgana, sin embargo, ése árbol parece no inmutarse a pesar del traqueteo al que está siendo sometido.
A lo lejos baja una colina. Seis cabras se pelean y otras tantas están comiendo, y yo mientras tanto no sé ni a que mirar, no sé ni en qué pensar, no sé si reír o llorar. Quisiera tenerte aquí conmigo para arrancarle unas hojas al árbol y estropear así su ego. Llevarte de la mano colina arriba y dejarnos caer colina abajo enfundados en un abrazo. Tal vez entonces las cabras cesarían su riña para contemplar asombradas como una saeta de fuego cruza lentamente la ladera de los montes contiguos a la colina; nosotros, asustados por las zarzas, hemos ido a perdernos entre el espesor de los pinos caducifolios. Parece mentira que no hayas dejado de reírte desde hace ya un bueno rato y eso que ya no te estoy haciendo cosquillas.
Perdón. Soy un cutre iluso por imaginar todas estas cosas cuando en realidad estoy tirado en mitad del bosque, solo y desamparado, en un lugar donde pinos y cabras abundan pero mujeres como tú no existen.
He pensado cuatro cosas y ya he olvidado tres de ellas. Dicen que la distancia es el olvido. ¡Y tienen razón! Cuanto más lejos estás de mi, más me olvido de los demás, para solo pensar en ti.
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