martes, 26 de abril de 2011

Tu me manques.

Desde este lugar de la Tierra te escribo:
Aquí no hay nada. Tal vez cuatro casas mal contadas y un árbol lustroso que peca de poco humilde creyéndose mejor por su aspecto frondoso. También hay un fuerte viento con sabor a soledad y a desgana, sin embargo, ése árbol parece no inmutarse a pesar del traqueteo al que está siendo sometido.
A lo lejos baja una colina. Seis cabras se pelean y otras tantas están comiendo, y yo mientras tanto no sé ni a que mirar, no sé ni en qué pensar, no sé si reír o llorar. Quisiera tenerte aquí conmigo para arrancarle unas hojas al árbol y estropear así su ego. Llevarte de la mano colina arriba y dejarnos caer colina abajo enfundados en un abrazo. Tal vez entonces las cabras cesarían su riña para contemplar asombradas como una saeta de fuego cruza lentamente la ladera de los montes contiguos a la colina; nosotros, asustados por las zarzas, hemos ido a perdernos entre el espesor de los pinos caducifolios. Parece mentira que no hayas dejado de reírte desde hace ya un bueno rato y eso que ya no te estoy haciendo cosquillas.
Perdón. Soy un cutre iluso por imaginar todas estas cosas cuando en realidad estoy tirado en mitad del bosque, solo y desamparado, en un lugar donde pinos y cabras abundan pero mujeres como tú no existen.
He pensado cuatro cosas y ya he olvidado tres de ellas. Dicen que la distancia es el olvido. ¡Y tienen razón! Cuanto más lejos estás de mi, más me olvido de los demás, para solo pensar en ti.

sábado, 16 de abril de 2011

Infinito me suena a poco.

¿Has pensado alguna vez en lo idílico? En esa perfección perceptible que te hace claudicar ante cualquier hecho. Intentas negarte a quedarte esta noche embobado pensando en ella y a las tres de la mañana ya has deshojado seis margaritas. No seas tonto, claro que te quiere. Pero el corazón es así, funciona por su cuenta y la desazón de las dudas siempre está ahí, como un humo fantasmagórico que aparece y se esfuma con la misma facilidad y rapidez con la que el reloj marca los segundos. Puedo asegurar, por lo tanto, que la noche sucumbe a mis ganas de dormir y lo idílico me inquieta y me hace dar vueltas en la cama, proyectando nuestras vivencias en mi cerebro como una película de amor verdadero.
Luego llega la mañana y yo con cara de dormido y tú con cara de enamorada. Me das golpecitos en la nariz y ya con eso despierto. Parece que no te das cuenta. Es cierto, te ríes tanto y yo sin embargo estoy a tu lado con ganas de llorar. Posiblemente de alegría, de incredulidad ante el hecho de tenerte junto a mí y escuchar tu risa tan cercana. Durante mucho tiempo pensé que nunca más volvería a oírla. Pero no. La realidad es que te tengo para mí y que mi caída desde lo más alto queda ahora como una mera anécdota. La verdad, caídas desde el cielo hay muchas, lo bueno es que uno nunca sabe si aterrizará contra el suelo o contra el montón de paja. Yo caí sobre un pajar y me clavé la aguja. Esa aguja llamada miedo que oprime la espontaneidad de mis actos y me hace dudar siempre que entrelazo palabras en mi boca, me aborda el miedo a cagarla. Pero ahora no aguanto más y te lo digo. Te explico las razones de cosas que tú creías fruto del azar. Lo nuestro empezó un día 8 como otro cualquiera, un sábado más que yace estancado en el calendario. Pues no. Éste simbolismo numérico no es más que una demostración ciega e indirecta de mi amor hacia ti. Me encanta tumbarme contigo a la deriva. Prueba a tumbar también nuestro día, nuestro número particular. Esa es la mesura del amor que yo siento.

viernes, 15 de abril de 2011

Todos los días la misma pregunta.

Estoy seguro de que cuando escribo lo hago por el mero hecho de mejorar mi realidad, para evadirme de ella y así, gracias al poder de las palabras, poder moldearla a mi antojo y hacerla perfecta. Pero claro... ¿qué escribo yo ahora si las cosas no pueden ir mejor?

sábado, 9 de abril de 2011

En horas bajas.

Ayer te llevé conmigo a donde nadie nos viera para decirte tres cosas que necesitaba contarte. Las llevaba apuntadas en la mano porque tenía miedo de que con los nervios se me olvidasen. Me miraste y me olvidé de todo; no tuve más remedio que echarle una ojeada a mi chuleta: pude leer con claridad mis ideas inscritas en la palma de mi mano; arriba ponía "te adoro", un poco más abajo se podía leer "te amo" y casí llegando a mi muñeca había un conciso: "te quiero"