Lo malo de la inspiración (voy a hablar de ella porque es inerte, y si le insulto no se queja) es que es bastante escurridiza. Escribes tres palabras sobre el papel, casi sin pensarlas, y la cuarta se te atasca entre los dedos sin una aparente pretensión de querer salir. Me duele enormemente no poder escribir nada coherente. Pero no es lo único que me daña. También lo hacen las personas que me dicen que no escribo porque ya no estoy enamorado. Me causa un gran dolor que piensen que ya no lo estoy. Ellos no saben nada. No saben lo que es luchar contra la corriente, contra la fría ventisca que me hiela los dientes cada vez que sonrío con el ánimo plagado de inherentes ganas de llorar. Pero piensan que un rostro que sonríe es un alma contento. Y se equivocan. Se equivocan enormemente.
Ellos nunca han amado. Han vivido secuelas de la pura atracción con personas aparentemente buenas que acabaron cayendo en el fondo del saco de lo meramente banal. Prometieron bonitas historias de amor y no dieron más que llantos a media noche. Yo he dado llantos a media noche, pero de risas desfogadas.
Por aquel entonces ella se burlaba de mis tonterías, incluso se atrevía a decirme que era un poco tonto.
Y tenía razón. Fui un tonto por enamorarme de una persona como ella.
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