Decías que, si te quedabas callada, te asegurabas el no contradecirme, que alomejor así conseguías que me enamorase de ti. A mi me gustaba tu inocencia, tus ojos color miel y el empíreo oculto entre tus labios.
Tu eras amante de los días pares, el diez y el doce por excelencia, y odiabas que te hablase en lengua francesa con el pretexto de que el inglés era la belleza absoluta. Y la verdad, tenías serias razones para afirmarlo.
Cada vez que yo te decía que era imposible que me enamorase de ti, me cogías de la mano y me contabas juegos de palabras anglófonos. Decías que la palabra imposible provenía del inglés, del vocablo impossible y que gracias a esa palabra todo era posible. Ese mismo día me fui a casa sin entender muy bien a qué te referías. Pero ahora lo entiendo todo y debí creerte, debía haberme dado cuenta de que la palabra impossible intenta gritar desde lo oculto una verdad irrefutable: I-m-possible. I´m possible, es decir, soy posible.
Aquella noche me fui a la cama con el convencimiento de que los posibles son posibles, y los imposibles pueden serlo, solo hay que saber interpretarlos.
martes, 17 de enero de 2012
miércoles, 11 de enero de 2012
domingo, 1 de enero de 2012
El amor nos unió y nos separa:
Hoy me he levantado temprano, a penas dos horas después de llegar a casa, simplemente para decirte adiós para siempre pidiéndote mis más sinceros perdones.
Quiero que me perdones, en primer lugar, por aquellas noches de invierno en las que dormimos juntos bajo aquel estrecho edredón que a penas cubría un cuerpo y, a pesar de que insistías en que más o menos lo compartiésemos, yo siempre te lo cedía tapándote cuidadosamente cuando te quedabas dormida.
Perdóname también por las tardes de verano en las que te llevé al campo para que nos tumbásemos en la hierba a tomar el sol cogidos de la mano. Te quedabas tumbada boca arriba y entornando los ojos para evitar el sol, dejabas entrever una sonrisa en tu rostro.
Te pido perdón por las mañanas en las que bajabas a por el correo y me encontrabas recién llegado de fiesta, medio adormilado, esperándote en el descansillo para desearte los buenos días con una enorme sonrisa en la cara.
En definitiva, solo espero que me perdones por haber sido tan idiota como para querer hacerte sentir la chica más especial del mundo, como para demostrarte en los momentos más insospechados todo lo que me importabas. Y por supuesto, perdón por no darme cuenta de que querías a otro.
Adiós.
Quiero que me perdones, en primer lugar, por aquellas noches de invierno en las que dormimos juntos bajo aquel estrecho edredón que a penas cubría un cuerpo y, a pesar de que insistías en que más o menos lo compartiésemos, yo siempre te lo cedía tapándote cuidadosamente cuando te quedabas dormida.
Perdóname también por las tardes de verano en las que te llevé al campo para que nos tumbásemos en la hierba a tomar el sol cogidos de la mano. Te quedabas tumbada boca arriba y entornando los ojos para evitar el sol, dejabas entrever una sonrisa en tu rostro.
Te pido perdón por las mañanas en las que bajabas a por el correo y me encontrabas recién llegado de fiesta, medio adormilado, esperándote en el descansillo para desearte los buenos días con una enorme sonrisa en la cara.
En definitiva, solo espero que me perdones por haber sido tan idiota como para querer hacerte sentir la chica más especial del mundo, como para demostrarte en los momentos más insospechados todo lo que me importabas. Y por supuesto, perdón por no darme cuenta de que querías a otro.
Adiós.
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