sábado, 27 de octubre de 2012

Sueños de terciopelo.

En este preciso instante, justo ahora, solo me apetecen dos cosas. La primera sería encontrar a alguien que de verdad me quiera. Una mujer de esas que te llaman cuando no pueden conciliar el sueño y uno se siente encantado de compartir su insomnio. De las que te agarran de la mano y luego te abrazan sin que tu se lo pidas. De esa especie en extinción que te dice te quiero a la cara, mirándote fijamente a los ojos, casi en un susurro cercano a tus labios. La segunda cosa sería coger el coche, montarme en él con esa persona, y llevarla a un lugar donde nadie pueda seguirnos, un lugar donde la mera naturaleza sea la única compañía perceptible. Para así, tumbarnos en cualquier parte, cogidos de la mano, y sumidos en el ensueño de un tibio silencio, jurar nuestro amor a los cuatro vientos, firmando con besos un pacto de fidelidad que dure más allá de lo que nuestro sentimientos puedan surcar.

lunes, 8 de octubre de 2012

No perdemos nada por intentarlo.

Sé que lo nuestro muere por momentos, que la llama que avivaba nuestro legado se va apagando poco a poco. Pero no me importa. Tal vez en el futuro, cuando sea un mundanal viandante de cualquier ciudad sobre la faz de la tierra, me sentaré en un banco y me pondré melancólico al recordar todos los momentos que vivimos juntos, todo lo que pudimos ser pero nunca fuimos. A lo mejor alguna rebelde lágrima se muestra tan arrogante de resbalar por mi rostro sin previo aviso. Pero una cosa tengo clara, si lloro por aquello que nunca conseguimos llegar a ser juntos, que sea por pura melancolía, nunca por arrepentimiento de ni siquiera haberlo intentado.