No quería ponerme a escribir, pero tengo que hacerlo, tengo que darte la mala noticia que hace tiempo que venía suponiendo. Me voy. Me voy para no volver. Lejos de ti, lejos de tu presencia. Posiblemente cuando has desdoblado esta carta yo ya estaba de caminando a mi nuevo hogar, con la cabeza agachada y las maletas en la mano. No he tenido el valor suficiente para ir por última vez a tu casa, para decirte adiós y repetirte una vez más todo lo que te quiero. Soy un cobarde, lo sé, lo asumo.
Pero entiéndeme, se me ha partido el corazón al dejar atrás todo lo que tengo en esta ciudad. Aquí, en casa, mi madre aún deambula incrédula, me ha visto con las maletas en la puerta y lo único que me ha pedido es que por favor, no llegue tarde y que, si lo hago, le llame previamente. Me ha agarrado fuertemente la cara con las dos manos y me ha besado en la mejilla aguantando el llanto. "Mamá, que ya no vuelvo" le he dicho apesadumbrado. Pero ella no ha querido hacerme caso, simplemente se ha limitado a mirar a mi abuelo con un ávido semblante de urgencia. Él por su parte, ha frotado sus rugosas manos y ha dejado caer alguna que otra lágrima por su arrugado rostro, dejando entrever una absurda sonrisa de complacencia hacia la idea de que yo me fuese.
No quiero que te pongas triste, ya sabes que no me gusta verte llorar y menos aún con algo que yo mismo he escrito, porque recuerda una cosa: cuando estés triste, yo estaré pensando en ti; cuando rías, yo estaré pensando en ti; cuando huyas, yo estaré pensando en ti; cuando te sientas sola, yo estaré pensando en ti; y si en algún momento a ti te da por pensar en mí, por favor, hazmelo saber, que quiero volver a recordar de qué iba eso de llorar de felicidad.